jueves, 20 de octubre de 2016

Íñigo Errejón o la izquierda madridista

"El Atleti del Cholo me hace soñar. Es David contra Goliat.(...)
Sería bonita una final con dos equipos españoles y claro que quiero que el Real Madrid pase a la final. Zidane me encanta como entrenador y el Madrid es un equipazo. Tendría el corazón dividido,  pero si hay que elegir entre David y Goliat, voy con David."
Pablo Iglesias Turrión

La izquierda en España posee una serie de carencias y tics, en buena parte heredados de su posición históricamente marginal, que contribuyen a perpetuar su frustrante condición de outsider. Por encima de todos destacan dos lastres principales: su desdén elitista hacia los gustos de masas y el aprecio por la protesta antisistema como modus operandi habitual, en vez de como opción racionalmente coyuntural. Tales características impregnan su carácter, y suelen determinar sus estrategias y discursos a todos los niveles. Incluido, cómo no, el cultural. Saberse moralmente superior y ser antiestablishment da para lo que da en la práctica, pero otorga un relato precioso como premio de consolación. La tendencia de la izquierda al gueto autosatisfecho supone una evidencia, y las consecuencias a la vista han estado durante lustros. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, una corriente impugnatoria se abre paso en el seno de la izquierda española. Tratando de acomodar los principios a amplias mayorías, sin complejos ante la institucionalización. Implica una posición rupturista con el cómodo (e inane) refugio anterior, aunque aún queden resabios. A la nueva apuesta la contemplan 71 diputados en el Congreso, éxito sin precedentes en la joven democracia constitucional. Su responsable intelectual es un joven treintañero llamado Íñigo Errejón. Doctor en Ciencias Políticas, director de las sucesivas campañas electorales. Casualmente, madridista.

La izquierda y el Real Madrid tienen más en común de lo que se pueda pensar en principio. La ferocidad que despiertan entre los adversarios, por ejemplo. O que, pese a los esfuerzos de sus simpatizantes, la batalla del relato la tengan perdida frente a sendos tópicos. Esto último supone un problema para muchos, que valoran su identidad como el mayor de los tesoros. El corazón de los izquierdistas tradicionales tiende, decíamos, a la melancolía como guarida. Existe algo de masturbatorio en las loas que recibe el Atlético de Madrid, equipo con el que Iglesias dice sentirse más identificado. Un insano refocilo en la derrota. Qué manera de palmar. Hay belleza en la estética del perdedor, sin duda, pero Errejón y yo queremos ganar. La poesía no está reñida con el pragmatismo, se trata de un falso dilema, aunque si hay que elegir... Por supuesto, el marcador en política se interpreta con los datos. Veinte puntos de gasto social aumentó el PSOE de los ochenta, como las veinte copas de Europa que posee el Madrid entre ambas secciones.

No es una opción sencilla, no sólo por renunciar a la red de autocomplacencia lírica. Tanto la izquierda como el Madrid deben vencer con una amplia diferencia sobre el rival para legitimarse. En el Bernabéu, cualquier resultado menor de un 3-0 acarrea el inexorable análisis de cada jugada, y la sempiterna cantinela de que como el árbitro se equivocó en un saque de banda el triunfo debe ponerse bajo sospecha. Qué decir de las reacciones que se producen cuando a la izquierda le da por subir los impuestos o quitar un crucifijo del aula. La gestión ha de ser impoluta, incontestable, para acallar los gritos de los antis. 

Por último, las compañías. Ser del Madrid, como pertenecer a cualquier proyecto mayoritario, conlleva compartir elástica con una legión de personajes impresentables. Del mismo modo que constituirse como primera o segunda fuerza del Congreso no puede hacerse únicamente con los votos de los apologetas de las esencias (quienes, por otro lado, y para más inri, luego casi nunca votan). Álvaro Ojeda y Willy Toledo son un mal necesario. 

Es probable que sea una exageración atribuir exclusivamente al madridismo de Errejón la inyección vitamínica que sus tesis y estrategias ofrecieron a la izquierda española. Pero no está de más recordar a los amantes de las metáforas, ahora que los sectores más puristas (sentimentalmente puristas) afilan sus cuchillos, que la victoria que los rojos, durante tanto tiempo, soñaron inalcanzable, comenzó, por azares del destino, el 25 de mayo de 2014. Escasas horas después de que el Madrid alzara la Décima.

martes, 27 de septiembre de 2016

El Correo Andaluz (II)

Querida P.:

Tras la primera misiva, algunos, tentándose la ropa, me acusaron de falta de matices. Enfocar la confrontación ideológica entre izquierda y derecha desde una perspectiva que dividiera en idealistas y realistas se trataba sin duda una simplificación, y así lo expresé. Aunque algo de verdad debieron de encontrar mis amigos de izquierdas cuando de inmediato reaccionaron  como impulsados por un molesto prurito. No obstante, resultó graciosísimo que la mayoría de ellos se apresurara, antes de nada, a cuestionar la posibilidad de que una utopía de derechas pudiera parecer más atractiva que una de izquierdas. De todo el texto, ese suponía el principal desencuentro: había que subrayar que la verdadera utopía, la única, es la de la izquierda. Confirmando así, a su pesar, que el terreno que consideran verdaderamente propio es el mundo de las ideas.

Más allá de ensoñaciones, el problema de la izquierda no reformista es, pues, la falta de referentes válidos. Por supuesto en la práctica (los experimentos nunca les han terminado de salir bien, y no los hacían con gaseosa, precisamente), pero también en una teoría que se pretendiera honesta y no fabulosa. Consciente de su insolvencia para construir una alternativa concreta, la izquierda se ha centrado en buscar las contradicciones del sistema capitalista. En el debate teórico ha conseguido dejar un poso, un eco, una certeza en el mejor de los casos, de que el mundo es injusto. Mas sin poder responder cuando le piden comparaciones con otros modelos. Juega a la defensiva, saboteando legitimidades, sin proponer nada concreto que mejore los niveles de bienestar conseguidos por el capitalismo.

En cualquier caso, fracasar en la lucha teórica constituye una contrariedad menor. La discusión intelectual puede ser interesante, pero no es la que apuntala el sistema. La gente no acepta el capitalismo porque le convenza una trama ideológica absolutamente coherente y por ello persuasiva, sino por una serie de afectos y hábitos que percibe como cercanos y se instalan en su rutina. Entre los que destaca, fundamentalmente, el consumo, y su inconmensurable potencial evocador. A diferencia de su rival, la derecha no ha pretendido construir realidades a partir de ficciones, sino otorgarle un sugestivo carácter ficcional a la realidad más cotidiana existente: la transacción. Consumir fascina, oculta una carencia, alivia una desazón, aumenta una autoestima. Ser Dios, de nuevo, está al alcance de todos. Basta con tener el suficiente dinero.

La izquierda, incapaz de estructurar un armazón racional antagonista a la altura, podría al menos operar en este campo: el de las emociones y la consolidación de nuevos hábitos. Pero nuevamente, su tendencia idealista menoscaba la eficacia de este propósito. Sus alternativas anticonsumistas están pergeñadas desde la superioridad moral (las comunas, el decrecimiento…) y el desdén a quien no las comprende, e impiden que arraiguen como banderines de enganche no anecdóticos. Por otro lado, su intento de aprovechamiento de estandartes tradicionalmente adversos (la patria, por ejemplo) contribuye casi siempre a la creación de híbridos contraproducentes, porque las mismas tendencias gregarias que posibilitarían formas cooperativas de vivir juntos nos impulsan a menudo a herir a los demás.

Me dirás que dibujo un panorama desalentador para los críticos del capitalismo. Sólo puedo contestar que mires a tu alrededor. Tienen todo el trabajo por hacer, y, en lugar de ponerse manos a la obra, gastan las fuerzas reivindicando la calidez de la utopía. En otro tiempo me resultaba incomprensible. Ya, no tanto.

La terrible certeza de que, una vez derrotadas la cabeza y el corazón, es la víscera lo único que te empuja a seguir avanzando. En círculos.

Sigue con salud.

P.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Ampliación del campo de batalla

"La adolescencia no es sólo una etapa importante de la vida, sino que es la única etapa en la que se puede hablar de vida en el verdadero sentido del término. Los atractores pulsionales (...) se desenfrenan y luego disminuyen poco a poco, o más bien se resuelven en modelos de comportamiento que a fin de cuentas sólo son fuerzas petrificadas".

El Houellebecq original, lejos de la provocación, tiene lo mejor de Camus. Antes de acabar la novela, lo hubiese definido como un filtro de cotidianeidad para Cioran, mucho menos metafísico que el rumano, y, por lo tanto, más susceptible a la identificación. Luego descubrí que estaba equivocado, las enfermedades de ambos no se diferencian en el foco sino en el grado de amargura.

viernes, 1 de julio de 2016

Mi mundo interior

-Tiene un gran mundo interior.
-Sí, como los subnormales y los autistas.

Existe el tópico de que uno entiende verdaderamente las cosas con la experiencia. Es decir, que una venda o unos arreos de ingenuidad  nos ocultan o sesgan la realidad hasta que la vivimos, y es ese contacto tangible el que nos proporciona el conocimiento. En mi caso, no estoy tan seguro. Yo no me entero auténticamente de la mayoría de mis vivencias sino hasta pensar sobre ellas, pasado un tiempo. Mi riguroso carácter (ignoro hasta qué punto es signo de entereza y no de debilidad) hace que, para asimilarlas, deba someterlas a análisis y las encaje de manera más o menos coherente en el poliedro irregular de mi conciencia y mi memoria. No se me malinterprete, odio a los intensitos: mi objetivo (mi necesidad, ¡mi utopía!) es el orden. Como la mayor parte de lo que me ocurre, ay, carece de especial grandeza, mi desarrollada habilidad para el soliloquio lo despacha en pocos segundos. “Esto fue por aquello y aquello. Arreglado”. Como los periodistas perezosos, que de inmediato atribuyen sentidos facilones a los hechos relatados para sacar la columna del día siguiente, pero acertando a menudo.

Otras veces, no obstante, el suceso presenta una gama menos escueta de interpretaciones; entonces me pongo las botas. Lo observo desde todos los ángulos posibles, rebusco debajo de cada uno de los matices, y elaboro una desesperante sucesión de juicios en los que interpreto al fiscal, al jurado, al acusado, al testigo protegido y hasta al celador. Y así, poco a poco, termina decantando una verdad resultante, amorfa pero consistente, que convence tanto por el contenido como por lo trabajado del mismo. Queda archivada en el correspondiente pedestal, y cada poco puede uno revisitarla con la íntima (y ridícula) satisfacción de quien contempla un logro para consigo mismo. La mirada puede ser nostálgica o dolorosa, pero siempre un asidero. Tentarse la ropa.

Sin embargo, hay ocasiones en que, pese a que el enloquecido escrutinio de lo que me pasó fue impecable, el transcurrir de los años me otorga una nueva perspectiva. Bien por una mayor información, bien por una mejor capacidad para establecer relaciones de causa-consecuencia, es irrelevante. De repente, casi siempre en un chispazo de genialidad instantánea, como la que lleva a despejar la equis o pegarse un tiro, la verdad aparece desnuda ante mí, con una estructura corpórea sustancialmente diferente a la que le había otorgado. Al inevitable éxtasis se le añade, entonces, la desagradable angustia de quien, después de alcanzar cotas olímpicas en el ejercicio de la duda, comprueba lo precario de su posición, presuntamente definitiva. Por muy acostumbrado que esté, jamás me libro de, al menos, un leve zarandeo vertiginoso, que impide disfrutar plenamente del maravilloso triunfo que implica quitar la broza. Quizá porque asumir la naturaleza dinámica de mi concienzudo orden invalida mis yos pasados. O quizá por la sonrojante paradoja de que, al fin y al cabo, hasta aceptar la falta de certezas constituye una de ellas.


domingo, 29 de mayo de 2016

El Madrid qué, ¿otra vez campeón de Europa?

La final de la copa de Europa ha ofrecido las más variopintas situaciones a lo largo de su historia. Anoche, en un nuevo giro de tuerca, aportó el más difícil todavía: la inversión de papeles. Respecto a Lisboa, el Madrid fue el Atleti, y viceversa. El reparto de lágrimas y alegrías, sin embargo, no cambió, lo que quizá deba hacer reflexionar a muchos.

Salió el Madrid con flema, punzante, arremolinado en torno a Kroos y Modric, dispuesto a zarandear al Atleti, temeroso de sus fantasmas. El tiralíneas alemán y las prolongaciones y arrastres de Bale terminaron en la espinilla de Casemiro y en la pierna, ligeramente adelantada, de Ramos. Los veinte primeros minutos fueron primorosos, y, a partir del 1-0, el partido aparentó estar cuesta abajo. Sin embargo, el conjunto blanco desistió de su condición autoritaria, en un ejercicio tan piadoso como inexplicable.

Pensábamos que Zidane bebía de las fuentes de Ancelotti, aquel equipo caracterizado por la joie de vivre, y nada más lejos. Tras el conservadurismo mourinhista, el Madrid socialdemócrata de Carletto nos recordaba a Zapatero, ceja aparte. Por su derroche continuo de alegría en ataque, su despreocupación en la cuadratura de los presupuestos defensivos y un cierto infantilismo naif que alcanzó su cénit con la apuesta por el repóker de mediapuntas en un mundo de trivotes y mediocentros defensivos. La mejor primera vuelta de nuestras vidas. Sin embargo, Zidane ha resultado un reformista à la Renzi: golpea pero no demasiado, su equipo juega desde la moderación. Es cierto que, como se ve cuando combinan aisladamente, no renuncia a la belleza, pero trata de asociarla a la contención antes que a la desmesura. El tipo de hermosura que transmite un seno femenino visto de perfil. 

En la segunda parte, no obstante, se vio desarbolado por el Atlético. Obligado a enfrentarse a una réplica de sí mismo, el club rojiblanco comprobó en sus propias carnes el dolor que han ido repartiendo a lo largo de estos años por los campos de España y Europa. Dominó al Real en su lucha contra el espejo, es verdad, mas no fue capaz de crear ocasiones reales sin que mediaran errores blancos (el más importante: la salida de Kroos del césped). El bagaje ofensivo del Atleti dio para un penalti absurdo del infame Pepe y un fallo en la marca de Carrasco, que completó la escena de teleserie americana al besar a su novia tras conseguir el empate. El guión parecía escrito para resarcir al equipo del pueblo, pero la Copa de Europa estaba empeñada en romper tópicos. Entre ellos, el de la pegada del Madrid, que antes había tenido el 2-0 hasta en tres ocasiones de la BBC, ayer más bien triple hache, muda por completo.

Con el 1-1, decíamos, el Real Madrid estaba muerto, y sólo faltaba saber quién firmaría la puntilla. Entonces Napoleón Simeone quiso superarse a sí mismo, y ordenó calma. "No cometan errores, tenemos toda la prórroga por delante". El Atlético aflojó la asfixia, y ya nunca retomó el pulso heroico. De todas las renuncias, ésta fue la peor. En el tiempo añadido el Madrid encontró un bastón de roble en Casemiro, y se hizo con la pelota hasta llegar a los penaltis. Allí, Cristiano, en una de las peores actuaciones de su carrera, se reservó el quinto, la gloria y las portadas. Muchos aficionados colchoneros no merecían tanta crueldad. El Cholo, sí. 

Dicen que el fútbol le debe una Copa de Europa al Atleti. Quizá la obtenga el día en que vaya por ella hasta el final. O quizá, simplemente, el día en que enfrente no esté el Madrid.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un cumpleaños indecente (febrero 2015)

La opinión pública es asombrosa. No tendrá aspectos censurables Cristiano para que las críticas más despiadadas lleguen por celebrar su cumpleaños. En realidad, tampoco merecen demasiado análisis, pues provienen del pensamiento más tiquismiquis, hipocritón y demagogo, esa impostada y regañona postura de denunciar la alegría privada en situaciones en que está solemnemente prohibida. El 4-0 del Atleti, versión futbolera del conocido hit “con la que está cayendo”, nutritivo alimento para este país de monaguillos.
Interesa más el componente simbólico del asunto. Lo bien que sienta el reggaetón a los jugadores del Madrid. Cristiano, que a veces parece un action man con un palo en el ojete, todo él una contractura de pura sobreactuación, se mostraba relajado, ligero, pajarero, con ese punto de frivolidad que le permitiría liderar ámbitos inalcanzables para sus competidores (Messi es un gigante sin carisma, con el domicilio en Babia). James y Marcelo, con dinero suficiente para hacer de su vida un videoclip de Juan Magán, sonreían tímidos cantando, refrendando su (demasiadas veces olvidada) condición de chiquillos, los ojos como platos por el disfrute de lo que no es más que un juego. ¡Hay que reivindicar el madridismo alegre y faldicorto! Se empieza sermoneando y se acaba con Khedira de titular. Quien, por cierto, también estuvo en la fiesta pero no bailó, como no podía ser de otra manera.
Luego está la cuestión sentimental. “Si tú no te enamoras”, cantaba Cristiano con los ojos cerrados. La letra correspondía a un fucker, pero su entonación era profundamente melancólica. Otro juego y otra frivolidad: cantar sobre el amor para huir de él. El que esté libre de pecado… Lo único reprochable es que el artista contratado fuera un loser semidesconocido en vez de un, no sé, Romeo Santos. El reggaetón, el ritmo alegre y la música ligera latinoamericana, además, sirven como metáfora opuesta a ese grano en el culo que nos ha salido últimamente (el Atlético de Simeone no deja de ser lo más agresivo de lo latino, algo casi precolombino; fútbol rudimentario dispuesto a sacrificar rivales en el trono de su dios, la intensidad). Por lo demás, esta deriva laxa del club ha conseguido echar del Bernabéu a los pomposos Ultrasur, y esa ventilación de ambiente bélico y eclesial lo está llenando de chicas. Francamente, no le veo más que ventajas.
En cualquier caso, queda demostrado el componente beatífico de la música para el vestuario. El reggaetón travieso y suavón aplaca las pasiones, vertebra las relaciones, y carece del rotundo significado provinciano en que están atrapados otros, exigiendo un corro de sardana hasta tras ganar el Gamper. Respecto a Ronaldo, desdramatizar su situación le vendrá bien, y la próxima vez que vaya a ver a Cibeles, en vez de berrear, podrá comentarle lo bien que se la ve, y sacarla a una bachata. El Cristiano después del dolor puede ser aún más grande.

sábado, 21 de mayo de 2016

El precio de la objetividad

En contraste con las democracias de mayor tradición, donde los principios que rigen el sistema gozan de una condición extremadamente estable, la joven democracia española ha destacado siempre por la naturaleza interpretable de sus postulados fundamentales. Ni siquiera hace falta un episodio traumático para el cambio de paradigma de los valores, basta con que varíen las modas. Así, en relación a la separación de poderes, durante mucho tiempo se proclamó ufanamente que Montesquieau había muerto. Con el paso de los años, quién sabe si por el espectáculo de la corrupción o por el éxito de las series americanas de abogados, fue calando en el sentido común de la mayoría la importancia de la independencia del poder judicial respecto del político. Y el unánime grito de “¡Regeneración, regeneración!” (no exento de cierta dosis de impostura, pero así funciona la comedia) se hizo verbo en los programas electorales de cualquier partido que quisiera reconocerse como decente.

Bien está. Sin embargo, cualquier persona lúcida debería observar con un punto de escepticismo tales proclamas optimistas. Es posible que determinadas modificaciones legislativas incentiven la objetividad de los jueces, por mor de su independencia. Pero no habría que desdeñar el peso de la inercia cultural contra el que debería luchar este benéfico voluntarismo. En España, no sólo en el estamento judicial, la objetividad carece de prestigio, por más que lo nieguen algunas bocas pequeñas. Ni políticos, ni historiadores, ni letrados, ni periodistas, ni por supuesto opinadores, asumen las consecuencias de una actitud ecuánime respecto a la realidad, es decir, aquella que pretende analizar los hechos al margen de cualquier convicción personal. “La objetividad no existe” es el posmoderno comodín del público, y sirve de refugio a bribones interesados, sectarios y perezosos. Contra esta actitud vital habrían de chocar las reformas, viendo reducida su efectividad.



En realidad, es comprensible. La objetividad supone, ante todo, dificultad. Por el desafío intelectual que supone su estímulo del análisis crítico, por supuesto. Pero también por las implicaciones. En múltiples ocasiones, una actitud imparcial conlleva diferir de los criterios de la mayoría. Y hay que atreverse. La politización de la justicia no es más que una forma algo elaborada de sucumbir a la cálida protección del grupo. Naturalmente, para no contrariar las decisiones colectivas, se necesita mimetizarse y muchas veces renunciar a las propias. Cuando la supervivencia económica depende de esto, la solución al dilema suele resultar sencilla. Y aún existe otra razón, de carácter más psicológico. La objetividad significa cuestionamiento continuo, ausencia de autocomplacencia, y, en última instancia, soledad. Exigua recompensa personal, que pocos alicientes puede ofrecer, más allá de los eslóganes en boga. Al fin y al cabo, la influencia de las modas es enorme, pero siempre culmina con tributos al gregarismo.