En
contraste con las democracias de mayor tradición, donde los principios que rigen
el sistema gozan de una condición extremadamente estable, la joven democracia
española ha destacado siempre por la naturaleza interpretable de sus postulados
fundamentales. Ni siquiera hace falta un episodio traumático para el cambio de
paradigma de los valores, basta con que varíen las modas. Así, en relación a la
separación de poderes, durante mucho tiempo se proclamó ufanamente que
Montesquieau había muerto. Con el paso de los años, quién sabe si por el
espectáculo de la corrupción o por el éxito de las series americanas de
abogados, fue calando en el sentido común de la mayoría la importancia de la
independencia del poder judicial respecto del político. Y el unánime grito de
“¡Regeneración, regeneración!” (no exento de cierta dosis de impostura, pero
así funciona la comedia) se hizo verbo en los programas electorales de
cualquier partido que quisiera reconocerse como decente.
Bien
está. Sin embargo, cualquier persona lúcida debería observar con un punto de
escepticismo tales proclamas optimistas. Es posible que determinadas
modificaciones legislativas incentiven la objetividad de los jueces, por mor de
su independencia. Pero no habría que desdeñar el peso de la inercia cultural
contra el que debería luchar este benéfico voluntarismo. En España, no sólo en
el estamento judicial, la objetividad carece de prestigio, por más que lo
nieguen algunas bocas pequeñas. Ni políticos, ni historiadores, ni letrados, ni
periodistas, ni por supuesto opinadores, asumen las consecuencias de una
actitud ecuánime respecto a la realidad, es decir, aquella que pretende
analizar los hechos al margen de cualquier convicción personal. “La objetividad
no existe” es el posmoderno comodín del público, y sirve de refugio a bribones
interesados, sectarios y perezosos. Contra esta actitud vital habrían de chocar
las reformas, viendo reducida su efectividad.
En
realidad, es comprensible. La objetividad supone, ante todo, dificultad. Por el
desafío intelectual que supone su estímulo del análisis crítico, por supuesto.
Pero también por las implicaciones. En múltiples ocasiones, una actitud
imparcial conlleva diferir de los criterios de la mayoría. Y hay que atreverse.
La politización de la justicia no es más que una forma algo elaborada de
sucumbir a la cálida protección del grupo. Naturalmente, para no contrariar las
decisiones colectivas, se necesita mimetizarse y muchas veces renunciar a las
propias. Cuando la supervivencia económica depende de esto, la solución al
dilema suele resultar sencilla. Y aún existe otra razón, de carácter más
psicológico. La objetividad significa cuestionamiento continuo, ausencia de
autocomplacencia, y, en última instancia, soledad. Exigua recompensa personal,
que pocos alicientes puede ofrecer, más allá de los eslóganes en boga. Al fin y
al cabo, la influencia de las modas es enorme, pero siempre culmina con
tributos al gregarismo.
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