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domingo, 20 de enero de 2019

Mourinho -(diciembre 2018)

Cuando la República romana se hallaba en horas bajas, los senadores solían sentir la tentación de echarse en brazos del Lucio Cornelio Sila de turno. Es decir, de un dictador temporal cuya mano férrea desterrase los supuestos vicios de autocomplacencia a los que siempre se achaca la decadencia de una institución. Resulta una tendencia bastante humana, anclada en cierto amor a la jerarquía y destilada verbalmente en la famosa frase de Spengler, según la cual a la civilización, cada cierto tiempo, sólo la salva un pelotón de soldados dispuestos a morir por ella.

Se equivocaría el Madrid si realiza esta lectura tan comprensible como básica. Un equipo sometido a tantas fuerzas centrífugas y centrípetas es imposible de catalizar de manera exitosa por medio del puño de hierro, más allá de períodos excepcionales y cortísimos. Los maoístas creían que podían planificar centralmente la economía, con resultado conocido. Los últimos Madrid ganadores, generados en torno a Ancelotti o Zidane, se resumían en avalanchas desordenadas de jugadores talentosos, vinculados en torno a su superioridad técnica más que por algoritmos espartanos. La teoría del caos es difícilmente regulable con escuadra y cartabón, y mucho menos con el látigo.

El atajo disciplinario siempre supone una tentación pero, como cierto populismo, ofrece soluciones virilmente simplonas a problemas de naturaleza más heterogénea y compleja. Bien haría Florentino en aprender de la experiencia y gastar su denuedo en renovar la calidad de los ingredientes diversos antes que en procurarse un capataz de simplismos atávicos.

lunes, 29 de octubre de 2018

J 10. Barcelona 5 - Real Madrid 1

"Brasil elige presidente al ultra Bolsonaro por amplia mayoría"
"El Barça fulmina al Real Madrid y sentencia a Lopetegui"
EL PAÍS


El Madrid salió del Camp Nou recordando a la tenebrosa primera mitad de los noventa, con un estadio enfervorecido jaleando una goleada tan exagerada como inapelable, unos jugadores impotentes y un entrenador que adquirió en sus estertores los aires de sepulturero que llevaba jornadas tratando de evitar. Ni rastro del marvelómano conjunto que ha tiranizado Europa en el último lustro, como si, huidos Zidane y Cristiano, el tapón de la bañera hubiese saltado por los aires llevándose la gloria por el sumidero.

El equipo empezó el encuentro paralizado por el terror, rubricado en la alineación con la inclusión de un Nacho que de tan multiusos defensivo ha devenido en un Arbeloa sin twitter. El pánico ni siquiera sirvió para guarecer la autopista de la banda derecha, por la que transitó el amotillo de Jordi Alba (conociendo al interfecto, sin duda se trataba de una vespino robada) tanto como quiso, que fue hasta que el partido iba ya 2-0. Bale, quieto en su pedestal de indolencia, señalaba con el dedo las carreras del lateral culé mientras éste lo dejaba atrás. El que avisa no es traidor, qué quieren ustedes que haga el muchacho. Pero si la solidaridad de los atacantes madridistas brillaba por su ausencia, el paupérrimo desempeño de los defensas blancos, con Varane y Casemiro a la cabeza, no tenía autoridad moral para reprochar nada a nadie. El FCB, sin esfuerzo, barrió a su rival en la primera mitad con toda justicia.

La reanudación tras el descanso nos dejó una disposición antitética. Bastó sacar a Nacho del lateral por un voluntarioso Lucas para que el Madrid, ahora sí bien colocado en el campo, dominase al Barcelona a partir de la presión alta. Un gol de Marcelo, un tiro al poste de Modric, un cabezazo de Benzema en área pequeña, un penalti no pitado sobre Isco y otro puñado de ocasiones falladas en el último momento demostraron de manera cruel que, sin Messi, el equipo azulgrana (y sobre todo, su pareja de centrales) es tremendamente vulnerable. Valverde echaba el cerrojo amontonando defensas, confiando en aprovechar con velocidad los riesgos que el Madrid dejaba a su espalda. La fiereza de un motivado Suárez (para rematar y para dejar los tacos en la tibia de Nacho, "sigan, sigan" dijo el árbitro) colocó la puntilla, y afortunadamente el tercer gol llegó ya muy tardíamente: de otra manera en lugar de cinco habrían caído ocho. El conjunto blanco había agachado la cabeza y Lopetegui tenía la suya en un cesto.

El senado tiene su veredicto, el pulgar ha girado hacia el suelo y la República romana ya está buscando a su Lucio Cornelio Sila periódico que enderece el rumbo: un italiano dispuesto a servir disciplinadas lentejas de uno a cero en el largo invierno madridista que se ha de extender hasta febrero. No es el plan que más me apasiona. Pero mi apuesta por la Catorcésima permanece inalterable, y no se debe a la inquebrantable y arrogante fe en la victoria que los antis reprochan al pueblo madridista, sino más bien a la convicción racional de que, viendo la vulgaridad de los rivales, con un fichaje por línea (estén o no estos ya en la plantilla), el viejo Madrid se presentará a su continua cita con la historia con tantas posibilidades como siempre.

jueves, 16 de agosto de 2018

Final de la Supercopa de Europa: Atlético 4 - Real Madrid 2

Corría el minuto 78 de partido cuando Marcelo intentó hacer un sombrero a Juanfran con una pelota que se iba fuera sin mayor peligro. Regalar el empate suponía una concesión asumible: lo que había que evitar era el saque de banda al área, dado que Keylor va muy mal por alto. Quince minutos después, en el instante fatídico de siempre para los atléticos, el lateral brasileño tuvo el tercero en sus botas y decidió intentar una volea imposible en lugar de controlar y batir a Oblak. Marcelo no es que escriba recto con renglones torcidos, sino que directamente se relaciona con el mundo de una manera superior e incomprensible, y así hay que quererlo.

Centrar las culpas en él constituye una infamia, desde luego. Porque, aun firmando con nombre propio los dos errores que entregaron el título a los colchoneros, fue de largo el mejor defensa del Madrid. Sirva para contextualizar un poco la envergadura de la catástrofe de Carvajal, Varane, Ramos y Keylor, quienes en el primer compás ya habían perpetrado el ridículo 0-1, y de ahí todo devino cuesta abajo. Mención aparte merece el camero: cuando Sergio juega mal yo me siento más desamparado que con la letra de la canción que comparte con Canelita, debido a la falta de costumbre de que, en un encuentro grande, cometa los fallos de soberbia autosuficiencia con que nos obsequia en escenarios menores. Aunque también puede ser que para este Madrid, inmerso en una borrachera de Copas de Europa, el resto de competiciones no lleguen a la categoría de aperitivo. 

Pese a todo lo dicho, durante más de una hora el equipo blanco fue superior, con Kroos portando la brújula y un Benzema liberado, repartiendo canapés exquisitos como la Preysler en una recepción. Faltó mordiente, con Bale intermitente, Isco fondón y Asensio indolente, como todos los guapos. La entrada de un Modric sin oxígeno y un Ceballos fuera de sitio no lograron incomodar del todo a un Atlético que, digan lo que digan sus fariseos trovadores, con Simeone siempre es sota, caballo y rey. Concretamente, de bastos. Aun así, el Madrid iba enfilado 2-1 hacia el título hasta los regalos cariocas. En la prórroga hubo amago de reacción, pero de inmediato saboteado inmisericordemente por el circo defensivo que nos deparó la jornada de ayer.

Se dirá que estamos en agosto, que fríamente no jugamos mal y que el resultado tiene un punto de engañoso. Se dirá que, por estadística, alguna final europea debíamos perder (la primera desde el 2000) y que, después de los rejonazos que les hemos metido a los rojiblancos, dejarles la pedrea no supone un negocio horrible. Se dirá que el proyecto necesita tiempo, y que cualquier pronóstico a estas alturas entraña un vaticinio sin visos de crédito.

Se dirán gilipolleces.

Hasta el más mesurado y racional socialdemócrata de sus seguidores (o sea, servidor), ve que el cráter de la salida de Cristiano ha dejado al club en una posición demasiado incómoda para reconstruirse desde la paciencia que uno podía esperar tras la racha histórica de triunfos recientes. El Madrid se halla condenado a renacer desde la épica y la ansiedad, en un eterno retorno a la casilla de la salida que no entiende de dinastías ni otras zarandajas yankees. El más difícil todavía, trece Copas de Europa después. Y, al mismo tiempo, un día más en la oficina.

domingo, 27 de mayo de 2018

Final de la Copa de Europa: Real Madrid 3 - Liverpool 1

Al tratar de describir algo verdaderamente grandioso se corre siempre el riesgo de morir por exceso. Lo más honesto es quizá limitarse a informar desde el laconismo. En el caso que nos ocupa: cuatro Copas de Europa en cinco años, trece en total. La afirmación puede parecer seca, pero el contenido resulta imponente y se evita hacer el ridículo, como esos escritores intensos que fracasan a la hora de describir el sexo y el orgasmo poniéndolo todo perdido de adjetivos, tanto que al final la escena parece una mantilla de encaje o algo grimoso antes que un polvo.

La hegemonía de este Real Madrid enamora porque resulta verdaderamente inexplicable, y uno solo puede amar lo que no consigue entender del todo. El Milán de Sacchi ganaba desde el achique de espacios, el Dream Team de Cruyff con el intercambio de golpes de un tridente inolvidable, y el Barcelona de Guardiola era una combinación perfecta de asfixiante posesión y presión leonina. El Madrid de Zidane es un canto a la incertidumbre, una mezcla entre los Harlem Globettroters y el ejército de Pancho Villa, con un aura marvelómana, casi de cómic, que le acompaña cuando apabulla y cuando está contra las cuerdas, como si los partidos fuesen la última de los Vengadores.

Entre los personajes principales destaca, por supuesto, el capitán, desde ayer parece que enemigo del Islam para siempre. Los mismos que hacían chanzas con su escaso cociente intelectual y afirmaban que de puro tonto poco menos que usa los dedos para sumar, lo acusan ahora de una maquiavélica capacidad de cálculo, convirtiendo un forcejeo en un avieso plan perfectamente orquestado para luxar hombros. Poco sueño le quita a Ramos la opinión pública, de modo que siguió peleándose con los delanteros hasta el final, repartiendo y recibiendo puñetazos en la nuca, más o menos como en una romería de pueblo. 

Liberado Marcelo del terror egipcio a su espalda, el Madrid pudo encontrarse en la final a partir de las combinaciones entre los centrocampistas. Kroos no había olvidado su compás y su transportador de ángulos, convirtiendo la medular en una clase de dibujo técnico, y Modric deambulaba por todas las zonas repartiendo víveres y apoyo y esquivando minas, como si aún fuese el crío refugiado que huía de las bombas en la guerra de los Balcanes. Isco estuvo errático, pero la peor versión del malagueño aún es capaz de ofrecer un puñado de desahogos y un tiro al larguero. El auténtico protagonista en la zona de tres cuartos fue Benzema, desaparecido toda la temporada para florecer en mayo. Se trata de un diletante talentoso, perdido en contradicciones y monólogos interiores, perezoso, cuyo gol anoche fue el máximo exponente del mínimo esfuerzo: nunca nadie sacó más rédito a estirar un pie con desgana. Karim es insoportable para las personas íntegras adictas al 24/7, que se desesperan ante su falta de ambiciones, y, Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso lo quiero tanto y le doy mi corazón.

Los ingleses estaban muertos y se encontraron el gol del empate, lo que obligó a Zidane a mover el banquillo cambiando juego por pegada. Bale, que tiene serias dificultades para leer lo que pide la situación en cada momento, ofrece a cambio un desbordante poderío físico, entre destartalado y peligrosísimo, como si se tratara de un gigante con la edad mental de seis años. Dos zarpazos, uno acrobático y otro de jugador de rubgy, sentenciaron la final y condenaron a Karius, que me temo siempre caminará solo cuando recuerde su desempeño. Cristiano, desaparecido los noventa minutos, obtuvo su cuota de protagonismo en las declaraciones quejumbrosas del final. A los que lo conocemos ya no nos molestan estas cosas, sabemos que se trata de nuestra folclórica particular, la Lola Flores de Madeira, y está bien así.

El Madrid volvió a la capital con la Decimotercera, por tercer año consecutivo. Desde que Carmena alcanzó la alcaldía de la ciudad los blancos no han perdido una sola eliminatoria en Europa: antes éramos el equipo de Franco y ahora el de Manuela. Más allá de lo poético del asunto, hay algo de coherencia. El Madrid de Zidane, primaveral y anárquico, épico en su desorden, es la antítesis de ese discurso tramposo liberal, tan simeonesco, de la cultura del esfuerzo, el mérito y demás catecismos de ICADE. Un equipo despojado de esos relatos legitimadores -menos legi que timadores- que embadurnan con su aceitosa pedagogía (a)social a la que te descuides. Un equipo de fútbol, nada más (¡y nada más!), pero nada menos. 

El equipo que siempre nos merecimos.

domingo, 24 de diciembre de 2017

J. 17. Real Madrid 0 - Barcelona 3

Con el paso de los meses, una pareja que es realmente compatible comparte referencias comunes y, en no pocas ocasiones, uno se sorprende completando las frases de la otra persona, o adivinando la respuesta que ésta va a dar ante una situación concreta.  Como mínimo, se consigue comprender al otro y sus porqués, aunque no se esté de acuerdo. Esto, claro, tiene consecuencias.  Toda cercanía arruina el misterio, lo que puede decepcionar o fortalecer.

En la plácida historia de amor entre Zidane y el madridismo, hemos pasado de no entender un ápice de sus estrategias y argucias (al conjunto de movimientos inexplicables, confusos y hasta contraproducentes se convino en llamarlo flor, con un indisimulado afán de menosprecio; ya se sabe que al Madrid, al no traerlo de serie, el relato se lo escriben otros) a empezar a intuir los mecanismos racionales en que se basan sus planteamientos. En el Clásico, por ejemplo, la inclusión de Kovacic resultó arriesgada pero inteligible. El croata presionaba a Busquets cuando el Barça se hallaba en campo propio, para a continuación no despegarse de Messi en cuanto los blaugranas atravesaban la divisoria. Esta doble función le causó muchos problemas al Barcelona en la primera mitad, inhabilitándolo para una salida limpia y con el mejor jugador del mundo ahogado en tres cuartos, sin tocar la pelota. El plan no salió redondo porque el Madrid tiene una delantera roma, incapaz de crearle problemas verdaderamente serios a una defensa ni aunque por ella campee Vermaelen, y sin el último pase de Isco no hay forma de concretar el encaje de bolillos.

En la segunda mitad, Valverde hizo una lectura inteligente del panorama y movió sus piezas. Desplazó a Messi hasta la frontal del área, separándolo de Busquets, y Kovacic, pese a su fenomenal despliegue, se vio impotente para continuar con su doble encargo. Prefirió marcar al argentino, enviando a un desnortado Casemiro a tierra de nadie (el brasileño sufre si lo sacas de las cuatro reglas, posee menos lectura del juego que una mesa camilla) y dejando pasillos expeditos entre las separadísimas líneas blancas. Con el equipo partido, el Barcelona arrasó finiquitando el encuentro. Los cambios llegaron tarde y ahí también pudimos leer con claridad lo que pasaba por la mente de Zizou. Pánico a la goleada.

Tras el 0-2, el Madrid tuvo su arreón, mereció algún golito y que Ramos, quien demasiadas veces confunde la casta con la violencia, acabase en la caseta. Lo que vino fue el tercero, la celebración culé y el adiós a la liga.

Se dirá que es una buena noticia que Zidane se haya convertido en escrutable para el aficionado de a pie. Se dirá que se trata de una humanización de las excentricidades anteriores, tiros a priori en el pie que acababan asesinando al adversario mientras él sonreía en el banquillo, indiscernible si entre lo audaz o lo bobalicón. Se dirá que los cronistas ya podemos despiezar sus intenciones en el tapete. Se dirá, y con razón, que Zidane es uno más entre nosotros. Uno más sujeto a vendavales.

Se dirán gilipolleces.

Lo último que el Madrid requiere, y más en una temporada tan difícil como ésta, es gente como nosotros. Dubitativos, miedosos y contradictorios. El Madrid necesita héroes, énfasis, acometidas. Oráculos, aunque resulten inexplicables. Como una relación necesita, además de la benéfica estabilidad de lo cotidiano, su punto de, si no misterio, al menos idealización. No en vano ambos, el amor y el Madrid, constituyen los únicos mitos capaces de otorgarnos felicidad auténtica a los más escépticos.

jueves, 17 de agosto de 2017

Campeones de la Supercopa

Dicen los de la nueva política que el cine condiciona nuestra percepción de la realidad. Aceptando la premisa, tiene el Madrid de esta temporada un aura a película hollywoodiense de las que te dejan el alma satisfecha y la sonrisa de bobo. Si bien es cierto que ahora mismo el panorama resulta tan idílico que los espectadores más cínicos se levantarían de la butaca, hastiados de tanto azúcar.

Los efectos especiales los aportan los disparos de Asensio. El balón se eleva en delicada parábola surfeando miradas de incredulidad para precipitarse, de manera repentina, con inesperada violencia. Supone casi una agresión en términos legales. Zarandeado aún más en el juego que en el marcador, el Barcelona estuvo todo el primer tiempo a merced de los elementos, que a falta de Ronaldo hicieron menos mella de la esperada.

El partido tuvo dos capitanes generales, tan distintos que se dirían opuestos. Mateo Kovacic se doctoró en el marcaje individual a Messi, con un despliegue y una suficiencia casi perjudiciales de puro exceso. Airoso tras regatear contrarios en la frontal del área pequeña, aún tiene demasiado de funambulista para triunfar en posición tan delicada. Por otro lado, Karim Benzema se despojó de la abulia que lo caracteriza (¿hasta qué punto su pereza deriva de la falta de un entorno asociativo como el que ayer disfrutó?) y martilleó sin piedad los espacios que dejaba la improvisada defensa culé. Pareciera que el francés escoge sus actuaciones como ese estudiante que no tiene fuelle para aguantar una época de exámenes completa. Cabría esperar entonces un periodo de aprobados raspados tras el sobresaliente de anoche. Imposible no empatizar.

El Madrid redujo el ritmo y la agresividad en el segundo período, dándole aire al Barça y consolidándose como el protagonista magnánimo que renuncia a dar el golpe de gracia. Sin embargo, la posibilidad de maquillaje se estrelló en los postes. Zidane sacó a Theo y Ceballos para unos minutos de la basura que duraron horas, si no días, hasta la entrega del trofeo. Para redondear la postal, Cristiano fue ovacionado. La sanción de cinco partidos ha obrado el milagro, transmutándolo de díscolo a mártir.

Desconozco si la producción madridista romperá en drama en algún momento. Conociendo el patio, no habría que descartarlo. En cualquier caso, agosto nos está regalando una feliz comedia romántica que algunos, firmes defensores del género gente a la horda hipster, no tenemos prisa por terminar.


sábado, 3 de diciembre de 2016

J 14. Barcelona 1 - Real Madrid 1

"Tampoco es inescrutable el azar, también está regido por un orden"
Novalis


Llegaba el Madrid al Camp Nou como apenas acostumbra. En lugar de apurado por una marea de urgencias, con la tranquilidad de un notable botín de puntos de ventaja. Generalmente, en la encrucijada entre la posibilidad de la puntilla y el apertrechamiento, el equipo blanco tira por la calle de en medio, para desgracia de su afición. La indecisión culmina en un intento de atajo especulativo que suele terminar en decepción y ceño fruncido. 

Sin embargo, la primera parte resultó ejemplar. La colocación medida (¡ah!, esas líneas juntas), la templanza y brega por parte de Kovacic e Isco, Marcelo estirándose como un chicle, Vázquez más solícito que nunca, y, por encima de todos, la omnipresencia de Luka Modric. Robando balones por astucia y anticipación, distribuyendo con la mesura con que un padre de familia parte el pan, derrochando visión aguileña a pesar de que su aura sea ratonil. El Barcelona, por su parte, dejó pasar los minutos con más miedo que vergüenza, concentrado en anular la escasa profundidad merengue. Cristiano defraudó (no va con segundas) pese al voluntarismo, y Benzemá es un delantero que se especializado en jugar de espaldas. Al gol. 

Entre tanto, los penaltis salpicaban continuamente las áreas, como un bombardeo en Alepo. Hubo alguno más en el área local que en la visitante, pero para Clos Gómez la Justicia se representa con una venda en los ojos no por casualidad. Para entonces el naufragio de Busquets y Rakitic era una peor noticia que la decadencia marrullera de Mascherano, bastante más asumible por evidente durante meses. El descanso fue una bendición para el Barça, que parecía un salón vacío por donde Messi deambulaba.

La superioridad madridista continuó tras la reanudación, con la sensación desesperante de que los futbolistas no sabían qué hacer con ella. En ese instante llegó el gol de Suárez, el único culé que había demostrado rabia. Una absurda falta de Varane, que emborrona un poco su gran actuación, fue rematada por el charrúa (¿adelantado unos milímetros?) ante la cobardía de Navas para defender un terreno que le pertenece. Se descompuso un poco el Madrid, más aún con la salida de Iniesta al campo, una especie de Cid que reconforta a sus compañeros sin necesidad de estar muerto.

Zidane reaccionó como suele: sin que nadie entienda sus motivaciones. Al menos yo me declaro incapaz. Trató de resguardarse aferrado a Casemiro, mas al sustituir a Isco liberó a Busquets, y dejó a la nave madridista a merced de la tormenta. Las olas vinieron en forma de ocasiones clarísimas de Neymar y Messi; poco faltó para el hundimiento. Tras desmontar el andamio, Zizou introdujo sangre fresca con Asensio y Mariano, y la persecución de sombras, revitalizada, se prolongó hasta casi el final. Entonces, de manera inesperada, el Real dio el paso adelante al que no se había atrevido en el primer período, cuando podía. Fue algo irracional y tenaz, con el punto de patetismo del estudiante que pretende sacar el cuatrimestre en la última noche. En el descuento, un sutil centro de Modric halló la homérica cabeza de Sergio Ramos, cada día más busto y menos central. El Madrid obtuvo un resultado que había merecido, pues, pero de la forma más rocambolesca posible.  

Yo salí del bar rumiando que, después de todo, mi madridismo debe de tener más significado del que parece a primera vista. Los caminos del azar son inescrutables. 

domingo, 29 de mayo de 2016

El Madrid qué, ¿otra vez campeón de Europa?

La final de la copa de Europa ha ofrecido las más variopintas situaciones a lo largo de su historia. Anoche, en un nuevo giro de tuerca, aportó el más difícil todavía: la inversión de papeles. Respecto a Lisboa, el Madrid fue el Atleti, y viceversa. El reparto de lágrimas y alegrías, sin embargo, no cambió, lo que quizá deba hacer reflexionar a muchos.

Salió el Madrid con flema, punzante, arremolinado en torno a Kroos y Modric, dispuesto a zarandear al Atleti, temeroso de sus fantasmas. El tiralíneas alemán y las prolongaciones y arrastres de Bale terminaron en la espinilla de Casemiro y en la pierna, ligeramente adelantada, de Ramos. Los veinte primeros minutos fueron primorosos, y, a partir del 1-0, el partido aparentó estar cuesta abajo. Sin embargo, el conjunto blanco desistió de su condición autoritaria, en un ejercicio tan piadoso como inexplicable.

Pensábamos que Zidane bebía de las fuentes de Ancelotti, aquel equipo caracterizado por la joie de vivre, y nada más lejos. Tras el conservadurismo mourinhista, el Madrid socialdemócrata de Carletto nos recordaba a Zapatero, ceja aparte. Por su derroche continuo de alegría en ataque, su despreocupación en la cuadratura de los presupuestos defensivos y un cierto infantilismo naif que alcanzó su cénit con la apuesta por el repóker de mediapuntas en un mundo de trivotes y mediocentros defensivos. La mejor primera vuelta de nuestras vidas. Sin embargo, Zidane ha resultado un reformista à la Renzi: golpea pero no demasiado, su equipo juega desde la moderación. Es cierto que, como se ve cuando combinan aisladamente, no renuncia a la belleza, pero trata de asociarla a la contención antes que a la desmesura. El tipo de hermosura que transmite un seno femenino visto de perfil. 

En la segunda parte, no obstante, se vio desarbolado por el Atlético. Obligado a enfrentarse a una réplica de sí mismo, el club rojiblanco comprobó en sus propias carnes el dolor que han ido repartiendo a lo largo de estos años por los campos de España y Europa. Dominó al Real en su lucha contra el espejo, es verdad, mas no fue capaz de crear ocasiones reales sin que mediaran errores blancos (el más importante: la salida de Kroos del césped). El bagaje ofensivo del Atleti dio para un penalti absurdo del infame Pepe y un fallo en la marca de Carrasco, que completó la escena de teleserie americana al besar a su novia tras conseguir el empate. El guión parecía escrito para resarcir al equipo del pueblo, pero la Copa de Europa estaba empeñada en romper tópicos. Entre ellos, el de la pegada del Madrid, que antes había tenido el 2-0 hasta en tres ocasiones de la BBC, ayer más bien triple hache, muda por completo.

Con el 1-1, decíamos, el Real Madrid estaba muerto, y sólo faltaba saber quién firmaría la puntilla. Entonces Napoleón Simeone quiso superarse a sí mismo, y ordenó calma. "No cometan errores, tenemos toda la prórroga por delante". El Atlético aflojó la asfixia, y ya nunca retomó el pulso heroico. De todas las renuncias, ésta fue la peor. En el tiempo añadido el Madrid encontró un bastón de roble en Casemiro, y se hizo con la pelota hasta llegar a los penaltis. Allí, Cristiano, en una de las peores actuaciones de su carrera, se reservó el quinto, la gloria y las portadas. Muchos aficionados colchoneros no merecían tanta crueldad. El Cholo, sí. 

Dicen que el fútbol le debe una Copa de Europa al Atleti. Quizá la obtenga el día en que vaya por ella hasta el final. O quizá, simplemente, el día en que enfrente no esté el Madrid.

viernes, 15 de abril de 2016

Sorteo de la Liga de Campeones

ATLÉTICO DE MADRID - BAYERN MÚNICH

La eliminatoria soñada. Dejando de lado las referencias históricas y las venganzas, el partido posee un componente simbólico extraordinario. Los más superficiales se quedarán con el enfrentamiento entre el fuerte y el débil (muy matizable, por cierto), Alemania contra la Europa del sur, etcétera. Absoluto bullshit. Lo verdaderamente interesante es el enfrentamiento entre dos estilos antagónicos, que además han construido un relato que los sustenta y justifica. El Bayern ofrece a Guardiola y su orfebrería barroca, el mayor predicador del absolutismo en el viejo continente desde Luis XIV ("Le football, c'est moi"), cuyas enseñanzas, pese a todo, no han terminado de encajar en la arrogante Baviera (pleonasmo). Al otro lado, el equipo del pueblo, en el sentido más preciso (¿peyorativo?) del término. El sudor como antídoto a la brillantez, la negación de cualquier forma de aristocracia, encarnada en el consabido lema martilleador: "Si se quiere y se trabaja, se puede". Una franquicia peronista, arrebatadora, sensacional en tanto que alude más a la emoción que a la técnica. Fea como un camión subiendo una cuesta, pero igual de eficaz.


MANCHESTER CITY - REAL MADRID

Si el anterior emparejamiento constituye la lucha entre dos cosmovisiones antitéticas, éste es un duelo de semejanzas. El histórico campeón de la competición y el bisoño aspirante, ambos con una trayectoria errática y sin ningún proyecto ni discurso que los ampare. Al contemplar esta igualdad, es conveniente evitar la inercia del pasado para otorgar favoritismos. Diez Copas de Europa son muchos kilos de plata pura, pero el Manchester City juega con todas las leyes no escritas del fútbol a su favor: ex entrenador despechado, delantero que pudo vestir la blanca, mediocampistas rudos y casi anónimos. El Madrid es grande por avasallamiento y por porte, mas sus costuras son frágiles. Hace demasiado tiempo que el equipo blanco desdeña las ligas con un mohín, aburrido, y sólo halla estímulo en los viajes internacionales. Cada año, los aficionados, resignados, mentamos a Raffaella Carrá ("Caramba, carambita Carambirul, caramba, carambita Carambirulá; cariño de verano no me gusta a mí, cariño de verano no es ni fú ni fá"), pero éste es el Madrid del siglo XXI. Sus ojos dos luceros, su boca un melocotón. Intenso sólo a ratos, incapaz de imponerse una rutina. Puro amor de verano. 

Y aún hay gente que minusvalora y desconfía de la idea de Europa. 

lunes, 22 de febrero de 2016

J 25. Málaga 1 - Real Madrid 1

Come back home to the stadium
hiring man says "Son, if it was up to me"
went down to see my v. a. man
he said "Son, you can't understand"
Bruce Springsteen. Born in the Bernabéu


El tópico describe Andalucía como una región pasional e indócil. Relajada hasta la incuria, quizá, pero con un punto, acaso patético, de orgullo arrebatador. "Ardiente", apuntaría entusiasmado un guiri, alargando la erre, mientras engulle aceitunas en bermudas en algún tablao flamenco sólo frecuentado por gente como él. Es probable que el atributo sea un exceso literario, pero este Real Madrid es tan frágil que no puede evitar estrellarse incluso contra una ficción.

El cambio de entrenador ha supuesto un impulso para los jugadores blancos, ciertamente. Pero no conviene exagerar. Las dificultades que arrastra el equipo, tanto su déficit de puntos como su ausencia de armazón, le impiden adquirir la moral suficiente como para soslayar la ciclotimia. El Madrid liguero, y no sólo el de este año, es una suerte de Alberto Cortez perpetuo ("A partir de mañana..."). 

El Málaga salió fiero, dispuesto a penalizar los fallos defensivos madridistas. Como el partido de los centrales fue infame, Kovacic naufragaba en círculos y la tabla de salvación que es Modric no tenía el día, las ocasiones locales fueron goteando poco a poco, más frenadas por el tradicional respeto ante el imperio que por méritos merengues. A la hora de atacar, la escasa lucidez la aportó Marcelo, pues Isco se diluyó tras quince minutos punzantes y Jesé demostró que su incipiente calvicie no se debe a que piense en exceso. Cristiano actuó de boya y, aun decadente, consiguió cazar un gol más ilegal que la agenda de Urdangarín y provocar un penalti que entregó a Kameni en justicia poética. Sin embargo, el 0-1 no desterró los nubarrones.

En casa, bien es verdad que de momento con novillos, el Madrid sí ha logrado sustituir el estilo albañilesco y romo de Benítez por las sacadas de músculo que Florentino ambicionaba al subir a Zidane. Un Madrid de excesos, derrochador y contundente, marvelómano. Lejos del Bernabéu, y con la mitad de los Vengadores en el dique seco o en baja forma, el quiero y no puedo y la desidia van adormeciendo los encuentros hasta que un Albentosa marca el empate, y para entonces la inercia es irrevocable. Salieron James y Lucas Vázquez, y como siempre hubo arreón, incontinente, chapeo, espada, soslayo, y no hubo nada. 

El Real Madrid se despide de la liga casi como entró, sin darse cuenta ni otorgarle importancia. En cualquier caso, el nuevo entrenador es, en sí mismo, una concesión ilusionante al mito. Y, si hay un mito en el Madrid, ése es la Copa de Europa. Será por tópicos. 

jueves, 18 de febrero de 2016

La democracia futbolística

A menudo recuerdo con una mezcla de cariño y nostalgia los tiempos en que jugaba al fútbol asiduamente, en la imprescindible (y nunca suficientemente bien ponderada, ay) posición de centrocampista. Sin menoscabo de mi depurada técnica, lo cierto es que la mayor virtud que podía atribuírseme era la inteligencia en el terreno de juego. El conocimiento de lo conveniente para el equipo en cada momento, el acierto a la hora de distribuir la pelota en corto y en largo, el tino para acelerar o ralentizar el ritmo del partido según las circunstancias… No obstante, todo este dechado de aptitudes no siempre terminaba generando los frutos presumibles. La realidad se encargaba de estropear muchas de las posibilidades que mi calidad proponía, bien por falta de entendimiento con compañeros de menor agudeza futbolística, bien por ausencia de un físico que acompañase al talento. En la mayoría de ocasiones lo finalmente acontecido no se ajustaba a lo idílicamente planeado, con la consiguiente frustración (y derroche de envidiosos silbidos desde el banquillo y la grada).

Algo similar ocurre con multitud de proyectos que en la teoría aparecen como un ente perfecto y sin fisuras pero que se ven mancillados ante el sucio contacto con el barro de lo cotidiano. En la esfera de la reflexión se muestran imponentes, fecundos en soluciones y ventajas, mas su inmaculada planta pierde brillantez en el terreno de lo plausible. No hay ámbito que se salve de tan terrible trance, por desgracia. Ni siquiera aquellos de naturaleza fundamental, como la política. Hasta el proyecto de proyectos, cumbre de la emancipación de la humanidad, la democracia, adolece de evidentes imperfecciones y lagunas en su puesta en práctica.

Una de las principales dificultades de la aplicación del sistema democrático es la implicación que exige a los ciudadanos para su deseable funcionamiento. La democracia no es conformista, sino que insta a la gente a que se instruya (se ilustre) y a que participe activamente en la vida política. Esta demanda de espíritu crítico choca con la comodidad de la autocomplacencia y del sectarismo. La democracia invita a la reflexión particular frente a la pereza del que no quiere complicarse o es más feliz recitando el catecismo ideológico prefabricado. Este requerimiento se ve pervertido habitualmente, y los votantes no corresponden de manera responsable a los beneficios que el sistema aporta. La elección de una opción u otra no responde al intento de encontrar la mejor alternativa para el país, la región o el pueblo, sino a ambiciones menos nobles. En ocasiones es la adhesión inquebrantable a unas siglas (trivializando la política como si de una filiación deportiva se tratase). Otras veces, es la visceralidad egoísta quien prima sobre el raciocinio (de modo que posiciones tan infantilmente pueriles como el nacionalismo encuentran gran acogida), o la voluntaria ignorancia, sorda al debate y la explicación. En definitiva, las miserias más simples e indignas (tan lamentablemente reales) envilecen lo más elevado y contaminan su insigne propósito, lo que es aprovechado por bribones oportunistas para criticar el todo señalando ufanamente el defecto de las partes.

La certidumbre de lo fácil que resulta destrozar lo cuidadosa y primorosamente esbozado no puede menos que desalentarnos. ¿Debemos, pues, resignarnos a la imposibilidad de establecer de manera inalterable nuestros empeños? ¿Implica admitir esta evidencia algún tipo de rendición tácita? Sin duda es inevitable terminar aceptando que los anhelados fines se verán afectados por la realidad y sus cuitas, pero tal circunstancia, en lugar de causar desánimo, ha de suponer un impulso para los que trabajan en mejorar los aspectos menos favorables del mundo. El talentoso futbolista debe insistir, por más que las crueles vicisitudes se encarguen de interferir en las calculadas jugadas. Pese a estar condenado a fallar cientos de pases y a sufrir el descrédito, está obligado moralmente a seguir intentándolo. Porque, en medio del desolador panorama repleto de salvajes entradas, compañeros incompetentes, árbitros coaccionados, pérfidos rivales e injustas expulsiones, cada gol conseguido, aunque sea de rebote y no por la escuadra, merece la pena.


domingo, 25 de octubre de 2015

J9. Celta 1 - Real Madrid 3

El Madrid salió a Balaídos mandón, fiero, con ganas de finalizar por la vía rápida. Con una colocación y una concentración extraordinarias, los primeros veinte minutos fueron un monólogo que aturulló al Celta. Casemiro se dedicaba a recoger cuantas pelotas llegaban al medio campo, los extremos trabajaban con perfectos movimientos de acordeón, y Kroos, liberado de la responsabilidad de sacar el balón, empleaba su precisión en tareas ofensivas. Por encima de todos sobresalía la figura del mejor jugador del Real Madrid, conjunto tan heterodoxo que el mayor caudal de juego surge desde el lateral.

Llegaron los goles, uno sudado por Lucas y el otro, ya con el equipo replegado, de Danilo, que aun así no compensó su horrible actuación defensiva. Estos zarandeos desperezaron a los gallegos, y Nolito lideró una grandiosa reacción, espoleada por un público agitado por la expulsión de Cabral y por el desfonde físico del Madrid. El Celta es valiente a la manera kantiana, porque puede (su nivel técnico se resume en un extremo reconvertido como mediocentro de contención: finísimo Augusto) y porque quiere, y, con un Cristiano insoportable que desperdició todas las contras, sólo los reflejos arácnidos de Keylor Navas lo alejaron de un botín merecido. Cada parada del costarricense hacía recordar con rubor la historia del fax. El Madrid va a terminar como los luditas, aplaudiendo el atraso tecnológico. 

La firma al divertido espectáculo la efectuaron los dos mejores: Nolito y Marcelo, con sendos golazos. El público se despidió con un aplauso y los de Benítez con el liderato en solitario. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

lunes, 5 de octubre de 2015

J7. Atlético de Madrid 1 - Real Madrid 1

"Estupidez es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes." Albert Einstein


Como un pianista que vicia una digitación, ha desarrollado el Madrid un reflejo defensivo tras cada gol que va camino de constituirse como marca de la casa. El planteamiento es tan predecible como desesperante: una salida con tintes de autoridad, el ritmo que se va reduciendo y una confianza en la inercia de la superioridad que cuando culmina mal no deja ni el racial consuelo del puñetazo en la barra. Las lesiones de James y Bale son un atenuante, pero aun así las posibilidades son mucho mayores que las que ofrece el equipo a día de hoy. 

Comenzó el encuentro con el viento a favor, con un Carvajal incisivo que desnudó las miserias de Filipe y dejaba a Benzemá como pichichi en solitario (todos los felinos tenían uñas, por más que dudáramos). A partir de ese momento, el Madrid sacó el reloj de bolsillo y especuló, deliberadamente ciego a las dudas que presentaba su rival. Este Atlético de Simeone es el de menor carácter de los últimos años. Practica una suerte de cholismo diluido, de menor intensidad, aunque de igual marrullería. Menos voraz, su peligro es más sutil. Para mí más débil. El mal tiene naturaleza radical, y no tiene cabida en ropajes socialdemócratas.

Cuando el Madrid se repliega, esperando el maná de la contra (cada vez más difícil, pues cada jornada disminuye el número de efectivos con que las corre), el partido se adormece en un letargo insoportable. Sólo los chispazos de Modric animan ligeramente el discurrir, pues Isco, al verse solo, se pierde en peleas consigo mismo, Marcelo está plano, Ronaldo irreconocible y Kroos errático. Quien emergió con una seriedad inesperada fue Casemiro, que dio un recital de mando y barrió como un universitario, en homenaje a Carmena, y no perdió los nervios ni con la amarilla surrealista que le dedicó Undiano, que hace tiempo que parece arbitrar al peso.

El otro héroe madridista de este comienzo de temporada es Keylor Navas, hasta tal punto que Florentino debería darle la insignia de oro y brillantes al becario que lleva el fax de Manchester. El costarricense se muestra pletórico, seguro por alto, agilísimo, con un carisma arrollador y capaz de arreglar los desaguisados que provoca la abstinencia sexual en Sergio Ramos. Sólo un rebote tras una serie de errores garrafales por parte de Arbeloa consiguió franquear su puerta. Para entonces, el Madrid se hallaba incapaz de despertar, y, en medio del remoloneo de lunes por la mañana, a punto estuvo de llegar el segundo en un tiro de Jackson (los de Torres no es que no fueran a portería, es que se perdían en saque de banda). El pitido final nos dejó con un sabor peor que el de la derrota: el de la indefinición.

lunes, 24 de agosto de 2015

J1. Sporting 0 - Real Madrid 0

Yo quiero regalarte una poesía
Tú sientes que estoy dando las noticias


Vive el Madrid en una especie de eterno retorno profundamente agotador para sus seguidores. La temporada pasada terminó con una sensación agridulce, penando por el fracaso y el terrible contraste de los laureles rivales, pero al mismo tiempo con el convencimiento de que, tapando las goteras y comprando un depósito de gasolina más grande para la calefacción, la situación sería propicia de nuevo para el asalto al triunfo. En lugar de esto, le hemos metido fuego a la casa y nos hemos vuelto a mudar. De la socialdemocracia ancelottiana a un corsé más ortodoxo, al que habrá que dar tiempo para que cuaje, como cuaja la nieve o, ay, la sangre. Los madridistas quisiéramos llenarle los bolsillos de guerras ganadas, pero no está en nuestra mano.

Del partido del Molinón no hay mucho que desgranar. Más allá de las habituales lisonjas que se llevará el Sporting (la cultura del esfuerzo, ese pringoso consenso a cuyo calor de establo se arrebujan tantos falsos humildes), el peor enemigo del Real Madrid fue él mismo. Su enésima reconstrucción lo tiene a medio hacer, con jugadores fuera de posición o directamente desconcertados. Con unos laterales con profundidad y de nulo acierto (circunstancial en Marcelo, no tan claro en Danilo), un mediocampo trufado de imprecisiones, con un Isco adornándose a sí mismo en sus ratos de soledad (nos pasa a muchos), un Ronaldo insufrible y un Bale como boya autista que apenas adquiere sentido con espacios para darle gusto a las piernas. Un montoncito de piezas, pr(inc)esas de un cuento infinito. Por supuesto, no pretendo dramatizar (nunca quise narrar esa historia porque pudiera resultar conmovedora), es seguro que en las jornadas sucesivas el Madrid irá consiguiendo salir de la celda que le plantea el contrario de clase media antes de que se agote el grifo de los minutos. Tampoco se es un audaz profeta si se vaticina que en mayo los blancos estarán peleándolo todo. Pero, simultáneamente, me provoca una cierta melancolía continuar deseando a ver si uno de estos días se aprende a montar un proyecto sin tener que dar tantos rodeos. Porque, al fin y al cabo, épicas literarias aparte, toda esta historia tan sólo me importa porque es mi equipo.