A menudo recuerdo con una mezcla
de cariño y nostalgia los tiempos en que jugaba al fútbol asiduamente, en la imprescindible
(y nunca suficientemente bien ponderada, ay) posición de centrocampista. Sin
menoscabo de mi depurada técnica, lo cierto es que la mayor virtud que podía
atribuírseme era la inteligencia en el terreno de juego. El conocimiento de lo
conveniente para el equipo en cada momento, el acierto a la hora de distribuir
la pelota en corto y en largo, el tino para acelerar o ralentizar el ritmo del
partido según las circunstancias… No obstante, todo este dechado de aptitudes
no siempre terminaba generando los frutos presumibles. La realidad se encargaba
de estropear muchas de las posibilidades que mi calidad proponía, bien por
falta de entendimiento con compañeros de menor agudeza futbolística, bien por
ausencia de un físico que acompañase al talento. En la mayoría de ocasiones lo
finalmente acontecido no se ajustaba a lo idílicamente planeado, con la
consiguiente frustración (y derroche de envidiosos silbidos desde el banquillo
y la grada).
Algo similar ocurre con multitud
de proyectos que en la teoría aparecen como un ente perfecto y sin fisuras pero
que se ven mancillados ante el sucio contacto con el barro de lo cotidiano. En
la esfera de la reflexión se muestran imponentes, fecundos en soluciones y
ventajas, mas su inmaculada planta pierde brillantez en el terreno de lo
plausible. No hay ámbito que se salve de tan terrible trance, por desgracia. Ni
siquiera aquellos de naturaleza fundamental, como la política. Hasta el
proyecto de proyectos, cumbre de la emancipación de la humanidad, la
democracia, adolece de evidentes imperfecciones y lagunas en su puesta en
práctica.
Una de las principales dificultades
de la aplicación del sistema democrático es la implicación que exige a los
ciudadanos para su deseable funcionamiento. La democracia no es conformista,
sino que insta a la gente a que se instruya (se ilustre) y a que participe activamente en la vida política. Esta
demanda de espíritu crítico choca con la comodidad de la autocomplacencia y del
sectarismo. La democracia invita a la reflexión particular frente a la pereza del
que no quiere complicarse o es más feliz recitando el catecismo ideológico
prefabricado. Este requerimiento se ve pervertido habitualmente, y los votantes
no corresponden de manera responsable a los beneficios que el sistema aporta. La
elección de una opción u otra no responde al intento de encontrar la mejor
alternativa para el país, la región o el pueblo, sino a ambiciones menos
nobles. En ocasiones es la adhesión inquebrantable a unas siglas (trivializando
la política como si de una filiación deportiva se tratase). Otras veces, es la
visceralidad egoísta quien prima sobre el raciocinio (de modo que posiciones
tan infantilmente pueriles como el nacionalismo encuentran gran acogida), o la
voluntaria ignorancia, sorda al debate y la explicación. En definitiva, las
miserias más simples e indignas (tan lamentablemente reales) envilecen lo más elevado y contaminan su insigne propósito,
lo que es aprovechado por bribones oportunistas para criticar el todo señalando
ufanamente el defecto de las partes.
La certidumbre de lo fácil que
resulta destrozar lo cuidadosa y primorosamente esbozado no puede menos que
desalentarnos. ¿Debemos, pues, resignarnos a la imposibilidad de establecer de
manera inalterable nuestros empeños? ¿Implica admitir esta evidencia algún tipo
de rendición tácita? Sin duda es inevitable terminar aceptando que los
anhelados fines se verán afectados por la realidad y sus cuitas, pero tal
circunstancia, en lugar de causar desánimo, ha de suponer un impulso para los
que trabajan en mejorar los aspectos menos favorables del mundo. El talentoso
futbolista debe insistir, por más que las crueles vicisitudes se encarguen de
interferir en las calculadas jugadas. Pese a estar condenado a fallar cientos
de pases y a sufrir el descrédito, está obligado moralmente a seguir
intentándolo. Porque, en medio del desolador panorama repleto de salvajes
entradas, compañeros incompetentes, árbitros coaccionados, pérfidos rivales e
injustas expulsiones, cada gol conseguido, aunque sea de rebote y no por la
escuadra, merece la pena.
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