sábado, 28 de julio de 2018

Qué puedo hacer (V)

DOMINGO
Contemplo la periferia de Barcelona desde la ventanilla del cercanías que me lleva a Sants. Los edificios, humildes como los de cualquier suburbio, salpican cada poco el paisaje con banderas españolas, la mayoría raídas y polvorientas. Parece una metáfora: un mundo avejentado que se va diluyendo, y las boqueadas que pretende orgullosas no hacen sino subrayar su condición mustia, sobre todo en comparación a la enérgica ilusión del otro bando. A pesar de mi desprecio hacia los nazis y tabarnios que pudiesen instrumentalizarlo, me sobreviene un ramalazo de empática melancolía. Yo he conocido Barcelona en sus dos vertientes más extremas: la pija de diseño y de lujos vergonzantes de puro desmesurados y el arrabal de los canis que convierten a Estopa en pura sofisticación. Tengo claro quién querría que venciese. La mínima dosis de populismo que me permito me impele a ir, en caso de duda, con los pobres.  

El cansancio me hace apartar la mirada, lamentando las largas horas que me esperan hasta la llegada al lugar donde las rojigualdas en los balcones no producen el más mínimo atisbo de simpatía. Pero no me quejo en absoluto del fin de semana: desde el principio sabía a lo que iba, y no estamos para rechazar las alegrías que Barcelona siempre me ofrece. De hecho sigo pensando, como hace cinco años, que podría adaptarme perfectamente a esta ciudad formidable. Incluso pese al goteo constante de la peor secta evangelizadora que ha conocido Europa Occidental, fomento de los instintos más atroces del ser humano y que aún hoy sigue llevando por el camino equivocado a millones de personas. 

Hablo, evidentemente, del Barça.

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LUNES
La novela sobre Nietzsche, Breuer y Freud que tengo entre manos por recomendación de I. no me convence en sus primeras cien páginas. Normalmente ya me cuesta muchísimo alcanzar la suspensión de la incredulidad en una ficción bien construida, verosímil. En este caso, el autor intenta encajar a martillazos en los diálogos las líneas maestras del pensamiento del filósofo y los psicoanalistas, por lo que el resultado literario es todavía más forzado. Da la sensación de encontrarse uno en una conferencia hasta cuando los personajes tienen sueños eróticos.

Por la noche veo dos episodios de Black Mirror con un par de compañeras y la conversación deriva en confesar las expectativas sobre lo que nos va a deparar el paso del tiempo. Una vez termina mi exposición (bastante más enfática y sincera de lo que me hubiera gustado; mecido por el ambiente de confianza, un poco más y convierto a Cioran en Mr. Wonderful) ellas me miran horrorizadas, y me ruborizo un poco. Al despedirme, M. me regala unas hortalizas de su huerto, como si alimentando mi cuerpo algo le fuese a caer al ánimo, y me saca una sonrisa.

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MARTES
Reflexiono sobre la posibilidad de una novia que tuviese idéntico nombre a una ex. Teniendo en cuenta lo mucho que me gusta recrearme en el pasado, me vería obligado a establecer algún tipo de distinción. En el mundo del fútbol se suele tirar por la calle de en medio, y los motes no suponen precisamente un ejercicio de sutileza. Así, Ronaldo el Gordo para diferenciarlo de Ronaldo, Cristiano. O Rodrigo, que se jubilará siendo el del Valencia aunque fiche por los Lakers. Se comprenderá que esta técnica plantea serios problemas, y es susceptible de provocar un cisma en mi cabeza. Porque a ver cómo se puede bautizar a una de ellas, sin sentirse uno horrible con la otra, con el apodo empleado por antonomasia para establecer discriminaciones entre jugadores: Fulanita, la Buena.  

La situación también tendría ventajas, claro. Si la relación sale mal, la cita de Marx en el Brumario ofrece un bello epitafio: "La historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa".

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JUEVES
La guardia de urgencias me ha dejado para el arrastre, de modo que acepto el plan del Riojano Joven y Fresco, tres mentiras en un mismo sintagma. La tarde veraniega y de interior significa sol, sudor y moscas. En un momento dado me veo arrastrado a una conversación sobre inversiones en Bolsa que casi me hace echar de menos la Medicina. Afortunadamente, incluso el postureo tiene fecha de caducidad, y todos acabamos bailando reggaetón en el pub de siempre. Que, por cierto, se llama Stress. Esta ciudad no tiene ningún sentido. 

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VIERNES
Los fines de semana con guardia el domingo son la crónica de una muerte anunciada. Uno no puede hacer planes con la libertad que quisiera, y no sabe si desear que pase el tiempo lo más rápido posible o aferrarse desesperado a las manecillas antes de lo inevitable. 

Paseo por Logroño tratando de mimetizarme con la fauna autóctona. Es decir, con los jubilados. Apenas veinte minutos después de salir acabo pidiendo precio en una tienda de instrumentos musicales; bien por un piano o bien por una soga, lo que tengan más a mano. La gerontofobia se está desarrollando en mi alma a pasos agigantados, y no se trata de algo bueno, trabajando en las Urgencias de un hospital. Me pregunto si se me notará en la cara en las entrevistas clínicas, y concluyo que no, porque la vida es un disimular constante, como el de esos domingueros que le ponen una pegatina al pilotito rojo que se enciende en sus coches. 

Antes de acostarme, hago la compra en un ejercicio de inusitada responsabilidad. No quedan pegatinas para el domingo. 

lunes, 23 de julio de 2018

Qué puedo hacer (IV)

MARTES
La marcha definitiva de Cristiano Ronaldo me alcanza en la piscina, y, como elaboro estos apuntes desde la imitación, enseguida recuerdo la famosa anotación de Kafka en sus diarios. "Hoy Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar". De inmediato desecho la desafortunada metáfora. Comparar un conflicto bélico de tal calibre con la marcha del mejor delantero madridista que han visto mis ojos se trata de un despropósito, una auténtica desfachatez. Que la jodan, a Alemania.

Cristiano llegó a un Madrid que penaba en zozobra justo cuando yo empecé la carrera (también a la deriva, me temo), y a partir de ese punto referencial habría ya material para escribir seis tratados sobre la juventud, el paso del tiempo y el fútbol como paisaje acompañante. Para no extenderme, aclararé como contexto que los críos de los primeros dos mil habíamos sufrido cómo el reparto de papeles del Madrid respecto al Barça ("casi nunca la mejor plantilla, casi siempre el mejor equipo") saltaba por los aires con la llegada de cierto extraterrestre, que nos balanceaba año tras año como si fuésemos un trapo. Si semejante drama no arrojó a toda una generación a la heroína se debió al proceso de reconstrucción forjado en torno a un núcleo de jugadores, con nuestro Di Stefano moderno como puntal. Dijo el psiquiatra Jambrina a cuenta de otro portugués menos defendible que "el peor sentimiento que puede anidar en un hombre es la indefensión". El gran mérito de Cristiano, y de algunos más, es haber enseñado a ponernos en pie a los indefensos. Las rabietas, niñerías, desplantes y devaneos con Hacienda no fueron más que la ratificación constante de que nos hallábamos ante una folclórica: la Lola Flores que nos rescató de la condena a la merienda eterna del tigre blaugrana. Tan insoportable como imprescindible.

Por la noche, aún con un punto de melancolía, les enseño a unas compañeras la película Persiguiendo a Amy. Si la definición savateriana de intelectual es correcta (esto es, el que trata a los demás como si fuesen intelectuales y alimenta esa faceta en ellos), entonces yo soy un adolescente de manual.

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JUEVES
Llego a través del blog de Arcadi a un paper de la revista Nature cuya hipótesis reza que los machos con mayores niveles de testosterona presentan una mayor ambición y querencia por el estatus, de modo que una administración de la hormona en sujetos tiene repercusiones objetivables en los mismos. Pienso en ello observando a mis amigas por la tarde y a mis amigos durante la cena, sobre todo cuando la conversación llega a la aspiraciones vitales. La muestra es demasiado pequeña, pero no puedo reprimir una sonrisa. 

En lo que a mí respecta, confío en que mi absoluta y palmaria falta de ambición me permita al menos, siquiera como compensación colateral, conservar el pelo.

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VIERNES
A la consulta de Oftalmología llega un niño de rostro avispado y entrañable, que no calla ni debajo del agua y que responde a las preguntas con la animada rotundidad que da la claridad de ideas, puro anacronismo a tan tierna edad. Por si fuera poco, el crío tiene los ojos azules, flequillo, y muy buenos modales. La gigantesca magdalena de Proust me retrotrae veinte años, aun afanándome en evitarlo.   

Cuando se marcha de la sala, dejándonos a todos tan embobados como a su madre, yo ya he renunciado a la pretensión pedagógica de la adjunta, y me pierdo en soliloquios sobre cómo puede llegar a despeñarse un niño de tanto potencial. Concluyo que algunas personas constituimos en nosotras mismas el mejor argumento a favor de la planificación central y contra la mano invisible del mercado. Siento un ramalazo de compasión, totalmente injustificada, por el niño. 

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SÁBADO
La marea deja sin playa a Zarautz a partir de las seis de la tarde, así que llegamos a tiempo para ser invitados a la enésima cena. La hospitalidad de mis compañeros es tan grande como mi falta de vergüenza. Al menos esta vez recibo mi merecido cuando, al dejarme llevar por el piloto automático frívolo, suelto alguna boutade (deliberadamente ridícula, debo subrayar, señoría) en favor de la Unión Soviética, y la persona que menos lo hubiese esperado me afea la simpleza procomunista. Acostumbrado a que las palabras no signifiquen nada en la charla superficial rutinaria, que de vez en cuando me pasen la factura del contenido tiene un punto refrescante, pero lo súbito de la bofetada me deja más torpe de lo debido, y luego ya no sé ni cuál es la capital de Yemen.

Conducir con el freno de mano termina destrozando el motor. Y, por primera vez en una temporada, se avecinan cuestas. Me invade una mezcla de ilusión y extrañeza, quién sabe si la segunda sea producto del largo tiempo que llevaba sin experimentar la primera. 

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LUNES
Una paisana granadina con la que roto en Oftalmología me pregunta que qué hago en La Rioja. Hombre, hombre. Esas tenemos, un lunes. Me hubiera resultado más fácil y agradable que me hubiese ordenado recitar los pasos de la cirugía de desprendimiento de retina. O someterme a ella, directamente.

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JUEVES
Tres días seguidos de piscina más cena con compañeros han dado para encontrar el primer bar donde me encuentro cómodo en esta ciudad. La tercera jornada, incluso, he podido encontrar como propina memorable un sucedáneo de futbolín, animal por lo visto en peligro de extinción por encima de Chamartín. Mis progresos van a buen ritmo: calculo que estaré a gusto en Logroño cuando lleve ya quince años fuera de aquí. Mientras tanto bebo bastante, arrastro a los que puedo a un sórdido karaoke y, una vez en casa, preparo maletas durante la madrugada. 

La huida semanal correspondiente a este finde me ha de llevar a Barcelona. Cinco años después.  

lunes, 9 de julio de 2018

Qué puedo hacer (III)

DOMINGO
El fin de semana madrileño ha transcurrido en un suspiro, que es lo que ocurre cuando vives la vida como una yincana en la que quieres encajar toda la felicidad posible. No he tenido un segundo de respiro, entre cenas en Malasaña, parloteo deliberadamente sentimental y mudanzas de carácter quijotesco (¡que no son armarios, que son gigantes!). En el tiempo de descuento, antes de coger el autobús de vuelta, me permito sobreactuar frívolamente comentando el España-Rusia con mis anfitriones. Lo que empieza como un broche festivo de ridícula desinhibición, rompe poco a poco en tragedia sin atisbo de comicidad, y un ambiente desolador impregna el apartamento. A mí, español solo por conveniencia, el dolor que observo en las caras de mis amigos se me antoja bastante desproporcionado, únicamente admisible en catástrofes auténticas, como, no sé, un empate liguero del Madrid. No obstante, me despido de todos dándoles la mano solemnemente, como en un funeral, en señal de respeto.

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LUNES
Sigo escuchando a Nacho Vegas y Los Planetas en bucle. Si mi vida en Logroño se reprodujese en una sitcom, la sintonía resultaría muy fácil de escoger. El único problema, aterrador, es que coincidiría con el argumento. 

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MIÉRCOLES
Regreso a Nájera ilusionado con la posibilidad de encontrarme con G. y contarle que he hecho los deberes musicales que en ningún caso me mandó. Evidentemente no coincido, y la guardia se transforma en el tedio de siempre. El doctor que ocupa su lugar rebosa sabiduría e interés docente: se trata de una oportunidad buena para aprender por imitación. Previsiblemente, la tarde se convierte una lucha heroica para disimular mis bostezos, propios de una disección aórtica. 

Durante la cena, el médico celebra que su hija, que se tomó un año sabático al acabar la carrera para dedicarse al teatro, ha vuelto al redil y está preparando el MIR, comme il faut. En ese instante me arrepiento de todos mis esfuerzos por fingir alicientes. Siento unas ganas absurdas, casi patéticas, de abrazar a esa chica que no conozco.

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JUEVES
El Si esto es un hombre de Primo Levi logró su objetivo absorbente a partir del segundo capítulo. Intercalando reflexiones de una profundidad y precisión considerables en medio de las descripciones de la brutalidad cotidiana, resueltas éstas con una prosa escueta, casi lacónica, sin embarrar con excesos el horror desnudo. Todos los grandilocuentes golpes en el pecho, contritos, que se han producido a posteriori a cuenta de Auschwitz, me resultan caricaturas grotescas al leer el sobrio testimonio de este judío italiano. Me resisto a acabar el libro, y estiro las últimas páginas en lugar de apurarlas.

Con el espíritu sensibilizado, veo además en el periódico que justo hoy ha muerto Lanzmann, el director de Shoah, y apunto otra deuda pendiente en la lista cultural destinada a paliar mi ignorancia. Cada aproximación a un tema me descubre un pasillo infinito de ramificaciones imprescindibles. Pretender adquirir un canon decente para entender el mundo y la vida resulta a todas luces incompatible con proyectos tan prosaicos y avasalladores como preparar oposiciones, o, quiá, trabajar.  

Por la noche, de cena con los compañeros, de repente se rompe la rutina. Espontáneamente me asalta una de esas voracidades frívolas e inexplicables que me gobiernan de cuando en cuando. Me dejo atropellar por el impulso alcoholizante de soltar trivialidades, y todos se percatan de mi excitación, aunque solo para decirme que "estoy muy gracioso esta noche". Van pasando las horas en los bares y pubs, y mi injustificada desmesura aterriza en una conversación con una persona interesante, inesperada y deslavazada como un collage, en la que mentamos a Siria, varios músicos, Cataluña, la vida universitaria, y ella muestra una personalidad y unos esquemas vitales realmente diferentes a los míos. Lo último me descoloca, y me descoloca aún más que me descoloque. Vuelvo a casa confuso, tratando de decirme que la impresión agridulce que tengo es producto de mi estado pseudoeufórico, pero la realidad es que mi cerebro incluso se permite jugar con ensoñaciones metafóricas sobre un futuro inconcreto a partir de la letra de Nos ocupamos del mar

A veces soy un poco gilipollas.

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SÁBADO
A media tarde me obligo a desentumecerme viendo con compañeros una película que resulta más sugestiva de lo esperado mientras una tormenta castiga Logroño. Luego cenamos en una hamburguesería, tomamos una copa, y yo continúo con mis dosis de simpatía repartidas ecuánimemente. Aún pensativo por mi episodio de anteayer, le doy vueltas en voz alta, otorgándole diferentes sentidos crípticamente ante una audiencia despistada, hasta que decido que es suficiente y marcho a dormir.

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DOMINGO
Para no pensar mucho, atiborro la jornada de planes, visitando Vitoria sin privarme de nada en el  almuerzo, la merienda y lo que se me va antojando. Ya de vuelta a Logroño me incorporo a una cena que alargo hasta el límite de lo razonable. Una vez en casa, renuncio a preparar el lunes como debiera, pero termino, eso sí, las últimas páginas del libro de Levi, que no merece la condición de comodín inacabado solo por no querer afrontar la sensación de pequeño desamparo que me producirá su final. 

Toda la coherencia y disciplina que me falta en mi día a día sí está presente en mi hábito lector, único terreno libre de autosabotajes. 

jueves, 28 de junio de 2018

Qué puedo hacer (II)

DOMINGO
Abro los ojos al mediodía, y me arrastro hasta el sofá para ejercer de anfitrión con mis progenitores, que llevan horas arrebujados ante una radio portátil, sin querer molestar mucho ni inquirirle a su hijo acerca de qué clase de hogar es ese que no cuenta, no ya con una novia, sino con un mísero televisor. A pesar de que ellos consideran que interrumpen mi vida aquí, agradezco sus visitas tanto que hasta los saco a comer, buscando desesperadamente una Logroño mínimamente ilusionante. Fracaso, como es evidente. Aunque tampoco hacía falta devanarme los sesos: mi padre es un hombre capaz de apreciar los aspectos más prosaicos. De Logroño le gustan los parques y las aceras, amplias para albergar multitudes de peatones, llegado el caso. Un despilfarro, claro está. Como si hubiese tanta gente que, viviendo en esta ciudad, quisiese celebrarlo con paseos.

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LUNES
Cuando la conversación va a comenzar a despeñarse al entrar en valoraciones políticas en las que no vamos a ponernos de acuerdo, cambio de tema bruscamente y le hablo a mi padre de Nacho Vegas. Si algo queda del jovencito que fue es la sensibilidad musical, de modo que observa con inesperada curiosidad a ese melenudo melancólico, y recoge el guante descargando de YouTube una muestra para analizarla mejor. Una antología ligera, unos dos o tres terabytes. 

Luego la selección hace el ridículo contra Marruecos, y entonces volvemos a nuestra habitual disensión, esta vez adjudicando culpabilidades en el bochorno, sin que nadie salga herido. Él despotrica sobre los jugadores diletantes y talentosos y yo abomino de los mastuerzos del esfuerzo y el tesón. Las puyas convertidas en zona de confort. Como debe ser.

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MARTES
Bromeo con algunos de los nuevos residentes en un descanso del pase de planta. La cara se les ilumina al contar anécdotas de sus primeras guardias. Se nota que disfrutan con la aventura que están iniciando, y mi bien alimentado cinismo no me impide sentir un esbozo de ternura. Inmediatamente recuerdo a Josep Pla: la ternura ante la inocencia, cuando se tienen veintiséis años, no deja de ser una impostación. En todo caso, menor que la máscara de asentimientos con la que simulo haber compartido su novedosa emoción en algún momento de mi primer año en el hospital.

Marcho a casa a las cinco, y la cruel Logroño, con todas sus extensas aceras, no me ofrece sombras que alivien mi camino hacia las humeantes alubias maternas, preparadas con afecto y sin previsión. Los insultos se me agotaron hace tiempo, así que camino en silencio. Acabo de darme cuenta de que, inconscientemente, atribuyo el género femenino gramatical a Logroño. Quién sabe si se trata de un rasgo oculto de misoginia. Será de tanto leer a Houellebecq.

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MIÉRCOLES
Despido a mis padres y acepto un plan de escapada de caminata y piscina a la casa de una compañera, en Ezcaray. La lluvia y el granizo deciden por nosotros, y acabamos almorzando de cuchara en el Echaurren. Yo acepto en homenaje a Arcadi Espada. La estrella Michelin parece flotar en el ambiente, así que mí me da vergüenza hasta tocar los cubiertos, como si al rozar uno inadecuado se fuese a descubrir mi tosquedad de cateto. La conversación pivota en torno a las responsabilidades injustamente remuneradas que hemos de asumir los sanitarios y de las fantasías que la gente piensa sobre nuestras precarias condiciones de trabajo. Racionalmente no puedo estar en desacuerdo con lo expuesto, pero me encuentro incapaz de conseguir un solo instante, no ya de corporativismo, sino de humilde cercanía.

Después de comer acabamos echando una siesta envueltos en mantas, probablemente el último paso que restaba para confirmar que los médicos constituyen una secta.

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JUEVES
El adjunto con el que roto esta semana es una persona inteligentísima y, aun así, humilde. Alguien decididamente admirable. Al principio me acogió con cierto recelo, habida cuenta de la especialidad que curso, a la que se añade mi torpeza con el programa informático. Pero con el paso de los días parece mirarme con otros ojos, bastante sorprendido por mi actitud trabajadora. Una vez más, he superado las expectativas iniciales de una persona. Me ocurre con frecuencia con las chicas: más de una confesó entre risas que jamás habría pensado enamorarse de mí tras nuestro primer encuentro, ni siquiera las pocas a las que les parecí atractivo desde el momento inicial. Rota la máscara de frívolo graciosete, gano más con el trato continuo, en perfusión. Como la morfina o el Real Madrid.

Por la tarde leo una entrevista estupenda a David Trueba y lamento no tener a mano ninguno de sus libros. Luego paso al resumen semanal de Jabois, comprobando con cierto asombro que ha hablado de Los Planetas y de Nacho Vegas, y por un momento miro el registro de visitas del blog a ver si me llevo una sorpresa. Sin embargo, nuestro más que demostrado parecido queda en un segundo plano al hojear sus esbozos de crónica de ambos conciertos. A los que ha asistido, claro, en Madrid. Una punzada de celos me hace daño auténtico, y me abalanzo sobre la tarjeta de crédito y la cartera con férrea determinación. Descubro, bastante orgulloso de mi mismo, que el billete para pasar el fin de semana ya lo había comprado ayer.

sábado, 23 de junio de 2018

Qué puedo hacer (I)

LUNES
Madrid siempre me deja resacas, sobre todo cuando no bebo. Ya pasó el tiempo en el que fantaseaba con haber podido estirar mis seis meses en la ciudad, asumiendo las ventajas que tienen las dosis regulares en lugar de la perfusión continua. El mito tiene más posibilidades de permanecer intacto. 

Quedo con un compañero, la conversación es superficial, pero ni por esas me entran ganas de mirar el televisor donde se desgañita Inglaterra. Que el Mundial no me aporte la más mínima ilusión ratifica mi vieja idea de que ya no me gusta el fútbol, a excepción, cómo no, del Madrid.

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MARTES
Mis mañanas en la planta del hospital oscilan entre lo patético y lo desesperante. El tiempo deja de transcurrir para envolverte en una modorra de la que no te liberan los constantes saltos viendo pacientes periféricos. Informes que podrían solventarse en pocos minutos se eternizan en un proceso de innumerables supervisiones que quedan en nada, pues las relecturas esquivan una y otra vez los mismos párrafos. Por no corregir, no se corrigen ni las faltas de ortografía si no estoy yo. 

Por la tarde paseo y me hago socio de la casa del libro, gastando dinero en varias adquisiciones hasta bloquear literalmente mi tarjeta de crédito. De vuelta al apartamento reflexiono sobre los errores de mi vida, que, como los mandamientos, se pueden resumir en dos. Entonces, el Madrid de baloncesto gana otro título y se me olvidan.

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MIÉRCOLES
Piscina con compañeras, abundan las bromas sobre la blancura de mi piel, piropos sobre mis ojos y promesas sobre nuevos planes. Lo de siempre, dentro o fuera de la cama. Más tarde mato el tiempo abusando de la hospitalidad del más pródigo de la promoción, y me pongo ciego a salchichón ibérico mientras la selección duerme a las ovejas. 

Quince páginas del Si esto es un hombre de Primo Levy, pero el ruido de fondo no me permite el enganche. Tras soltar una frivolidad sobre Auschwitz por la tarde, segunda deshonra al pueblo judío en unas horas. No estoy orgulloso.

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JUEVES
Las guardias en Nájera me han permitido conocer a G., un personaje realmente interesante. Su edad supone un absoluto misterio, pues la melena rubia lo situaría alrededor de la cuarentena como mucho, pero los rumores y algún surco le echan veinte años más. Importa poco. Viendo sus camisas y su porte, evitar el aura de pureta canallita (y la consiguiente grima) es toda una proeza, la cual consigue con la humilde naturalidad con la que intercala los cultismos y referencias. Quedo realmente impresionado cuando me confiesa su amor por Los Planetas, Lagartija Nick y demás grupos granadinos. La guardia baja me impide responderle a la altura de sus recomendaciones de Circle Jerks y sus lecciones sobre el punk anglosajón de la época de Thatcher. Una pena que nuestros encuentros vayan a ser tan espaciados y, me temo, azarosos.

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VIERNES
Acudo al hospital renunciando a mi día libre de saliente. El asco que me produce la Medicina no consigue arrebatarme del todo la brizna de responsabilidad que me queda. Es un error, sin duda, pues mi presencia resulta totalmente anecdótica para los pacientes, y en este combate de cuatro años voy a perder tantas batallas que renunciar a mi descanso como propina parece hasta un menoscabo de mi dignidad. Y sin embargo, voy. No hay rastro de épica, a las dos y media estoy fuera.

Por la tarde duermo y escucho con enfermiza insistencia a Los Planetas, aún influido por la conversación con G. Tengo pendiente el ensayito de Lenore sobre las miserias del indie. Por lo que le he leído en entrevistas, sus críticas a estos grupos (con hachazos especialmente duros a Jota) son totalmente oportunas. En el caso de Los Planetas, el regodeo en una masculinidad tóxica y quejica es evidente, y las contradicciones entre la postura estética del conjunto y su actividad real deberían sonrojarles si la droga les hubiese mantenido la facultad de autopercepción mínimamente conservada. Lenore tiene mucho de razón en su postura, y su caída a los infiernos ratifica el ejercicio de honestidad que hizo al abandonar ese mundillo. Pero aún con todo, considero que el veneno planetista está en la dosis y, sobre todo, en la solemnidad con la que uno se tome su música. Si se escucha desde la suficiente distancia, se puede disfrutar del desahogo intimista del adolescente perpetuo sin caer en excesos de autocomplacencia. La identificación no siempre es apología.

Mañana, guardia de urgencias otra vez. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Final de la Copa de Europa: Real Madrid 3 - Liverpool 1

Al tratar de describir algo verdaderamente grandioso se corre siempre el riesgo de morir por exceso. Lo más honesto es quizá limitarse a informar desde el laconismo. En el caso que nos ocupa: cuatro Copas de Europa en cinco años, trece en total. La afirmación puede parecer seca, pero el contenido resulta imponente y se evita hacer el ridículo, como esos escritores intensos que fracasan a la hora de describir el sexo y el orgasmo poniéndolo todo perdido de adjetivos, tanto que al final la escena parece una mantilla de encaje o algo grimoso antes que un polvo.

La hegemonía de este Real Madrid enamora porque resulta verdaderamente inexplicable, y uno solo puede amar lo que no consigue entender del todo. El Milán de Sacchi ganaba desde el achique de espacios, el Dream Team de Cruyff con el intercambio de golpes de un tridente inolvidable, y el Barcelona de Guardiola era una combinación perfecta de asfixiante posesión y presión leonina. El Madrid de Zidane es un canto a la incertidumbre, una mezcla entre los Harlem Globettroters y el ejército de Pancho Villa, con un aura marvelómana, casi de cómic, que le acompaña cuando apabulla y cuando está contra las cuerdas, como si los partidos fuesen la última de los Vengadores.

Entre los personajes principales destaca, por supuesto, el capitán, desde ayer parece que enemigo del Islam para siempre. Los mismos que hacían chanzas con su escaso cociente intelectual y afirmaban que de puro tonto poco menos que usa los dedos para sumar, lo acusan ahora de una maquiavélica capacidad de cálculo, convirtiendo un forcejeo en un avieso plan perfectamente orquestado para luxar hombros. Poco sueño le quita a Ramos la opinión pública, de modo que siguió peleándose con los delanteros hasta el final, repartiendo y recibiendo puñetazos en la nuca, más o menos como en una romería de pueblo. 

Liberado Marcelo del terror egipcio a su espalda, el Madrid pudo encontrarse en la final a partir de las combinaciones entre los centrocampistas. Kroos no había olvidado su compás y su transportador de ángulos, convirtiendo la medular en una clase de dibujo técnico, y Modric deambulaba por todas las zonas repartiendo víveres y apoyo y esquivando minas, como si aún fuese el crío refugiado que huía de las bombas en la guerra de los Balcanes. Isco estuvo errático, pero la peor versión del malagueño aún es capaz de ofrecer un puñado de desahogos y un tiro al larguero. El auténtico protagonista en la zona de tres cuartos fue Benzema, desaparecido toda la temporada para florecer en mayo. Se trata de un diletante talentoso, perdido en contradicciones y monólogos interiores, perezoso, cuyo gol anoche fue el máximo exponente del mínimo esfuerzo: nunca nadie sacó más rédito a estirar un pie con desgana. Karim es insoportable para las personas íntegras adictas al 24/7, que se desesperan ante su falta de ambiciones, y, Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso lo quiero tanto y le doy mi corazón.

Los ingleses estaban muertos y se encontraron el gol del empate, lo que obligó a Zidane a mover el banquillo cambiando juego por pegada. Bale, que tiene serias dificultades para leer lo que pide la situación en cada momento, ofrece a cambio un desbordante poderío físico, entre destartalado y peligrosísimo, como si se tratara de un gigante con la edad mental de seis años. Dos zarpazos, uno acrobático y otro de jugador de rubgy, sentenciaron la final y condenaron a Karius, que me temo siempre caminará solo cuando recuerde su desempeño. Cristiano, desaparecido los noventa minutos, obtuvo su cuota de protagonismo en las declaraciones quejumbrosas del final. A los que lo conocemos ya no nos molestan estas cosas, sabemos que se trata de nuestra folclórica particular, la Lola Flores de Madeira, y está bien así.

El Madrid volvió a la capital con la Decimotercera, por tercer año consecutivo. Desde que Carmena alcanzó la alcaldía de la ciudad los blancos no han perdido una sola eliminatoria en Europa: antes éramos el equipo de Franco y ahora el de Manuela. Más allá de lo poético del asunto, hay algo de coherencia. El Madrid de Zidane, primaveral y anárquico, épico en su desorden, es la antítesis de ese discurso tramposo liberal, tan simeonesco, de la cultura del esfuerzo, el mérito y demás catecismos de ICADE. Un equipo despojado de esos relatos legitimadores -menos legi que timadores- que embadurnan con su aceitosa pedagogía (a)social a la que te descuides. Un equipo de fútbol, nada más (¡y nada más!), pero nada menos. 

El equipo que siempre nos merecimos.

domingo, 13 de mayo de 2018

El Correo Andaluz (III)

Querida P.:

Tus conversaciones con una mujer, perenne gasolina vital, han aumentado tu interés acerca de una cuestión sobre la que llevas tiempo revoloteando, y por extensión yo contigo. Te preguntas, me preguntas, sobre la naturaleza de tus gustos y preferencias, tratando de establecer una relación de causa-consecuencia que esclarezca las brumas del placer. Esta vez la motivación no es meramente de índole descriptiva, como cuando charlábamos sobre el sexo y la pornografía. Tu objetivo ahora es comprobar si, entendido el mecanismo, éste admitiría ciertas modificaciones productivas.

Adentrarse en el paisaje de la deconstrucción personal, de carácter inevitablemente posmoderno, tiene una serie de riesgos si uno presenta pretensiones menos literarias que científicas. En primer lugar, porque no es que se trate de un océano donde no funcionen las brújulas, sino que casa mal con las consecuencias jerárquicas derivadas del concepto de brújula (parámetros, referencias, norte, sur, etc.). Además, la multicausalidad inherente a la vida aquí se multiplica de un modo que nos pone muy difícil sacar conclusiones honestas más allá de los esbozos y aproximaciones. Esta dificultad suprema no evita que multitud de patanes, influidos por una teoría antropológica concreta (perdón por el oxímoron) y con risible autosuficiencia intelectual, sienten cátedra argumentando que ellos ya tienen la llave maestra que explica los porqués de nuestra alienación. Aunque contendré mi desprecio. Que los martillos solo vean clavos puede servirnos de ejemplo para impedir que acabemos como el borracho del chiste, buscando debajo de una farola las llaves que se le han caído dos calles detrás, sólo porque en esa acera sí que hay luz. Por último, existe un peligro añadido: el montaje de un discurso reflexivo y elaborado suele condicionar y convencer retroactivamente al volver a pensar sobre el asunto, cayendo en planteamientos circulares. La deconstrucción es, por su naturaleza solipsista, una habitación cerrada muy fácil de viciar y casi imposible de ventilar. Abundan los trajes a medida que se convierten en callejones sin salida.

Una vez subrayadas las limitaciones del análisis, paso a contarte mis opiniones al respecto. No te van a sorprender, me temo. Considero que nos gusta lo que, en tanto que animales simbólicos, nos sirve de herramienta para dar algún sentido a nuestra existencia. Nos emocionamos con aquello que admiramos, con las plasmaciones alegóricas de lo que nos gustaría ser. Pero también, y diría que por encima, con aquello que se nos parece. La identificación se me antoja una de las claves de bóveda de la explicación de nuestros afectos. Ya veo tu ceja alzada, un paso por delante. Hasta qué punto no se entremezclan de forma tramposa ambos aspectos: nos gusta lo que se nos parece en la medida que nos ennoblece, es decir, nos vincula con lo que admiramos. Sorrentino y los elogios a la lucidez pausada, que tú tienes miedo que sean apología de la autocomplacencia. Es posible. Pero acaso esto pasa por alto nuestros apegos a insignificancias, incluso a vulnerabilidades. A miserias reconocidas como tales. No niego que la vanidad sea motor fundamental de la felicidad (hasta el grafitero nihilista que escribió “La esperanza es lo último que se perdió” tuvo que experimentar cierto cosquilleo con su ocurrencia; compartirla en una pared desmentía la implicación destructiva), pero no pocas veces el reconocimiento de lo compartido con el otro nos desemboca en ternura y afecto sin que medie idealización alguna, más bien al contrario. Fascinación y afinidad, dos caras de la moneda, no sé de qué me sonará esto.

Todos estos circunloquios se pueden resumir, a mi juicio. En última instancia, nos gusta lo que, de diferente manera, nos otorga momentos de certidumbre. Algunos se emocionan con la frase de la vida, los limones y la limonada, y otros requieren de ficciones más sofisticadas. Mas ese sentimiento, coyuntural y caduco, no es más que la plácida y desproporcionada recompensa a un instante de certeza. De sentido.

No sé si el conocimiento humano puede acercarse a los porqués más fielmente que de esta manera abstracta, tentativa y provisional, un tanto chapucera. Es probable que salgas de este artículo más hambrienta que saciada, y ya lo siento. Pero creo que la búsqueda de esos momentos de certeza devendrá más de la experiencia que de la pura reflexión, o cuando menos de la reflexión sobre la experiencia previa. Lo que provoca que, si tenemos verdadero interés, esquivemos la temida inacción y el lamerse las heridas. Sólo a partir de la acumulación de los diversos “cómos” podremos acaparar material para esbozar con algo de puntería los “porqués”. Aprender antes de entender y domar, si es que llegamos a.
Procedo por coherencia, pues, a servirme un vino.

Sigue con salud.
P.