lunes, 5 de marzo de 2018

Alta Fidelidad

Leyendo Fiebre en las gradas he tenido momentos de auténtica identificación emotiva. La sentimentalidad no supone algo sorprendente, claro. Mi espíritu es muy dado a la nostalgia, y no puedo evitar que los escritores que, como Hornby, cultivan los referentes de la masculinidad tardoadolescente, aunque sea de una manera gruesa (a granel, sin sutilezas), alcancen a pulsar la fibra de mis contradicciones y pequeñas miserias entrañables. Poco sugerente, supongo. Ni siquiera llega a existencialismo barato. Pero es lo que hay.

Todo esto es culpa de la gente...


domingo, 24 de diciembre de 2017

J. 17. Real Madrid 0 - Barcelona 3

Con el paso de los meses, una pareja que es realmente compatible comparte referencias comunes y, en no pocas ocasiones, uno se sorprende completando las frases de la otra persona, o adivinando la respuesta que ésta va a dar ante una situación concreta.  Como mínimo, se consigue comprender al otro y sus porqués, aunque no se esté de acuerdo. Esto, claro, tiene consecuencias.  Toda cercanía arruina el misterio, lo que puede decepcionar o fortalecer.

En la plácida historia de amor entre Zidane y el madridismo, hemos pasado de no entender un ápice de sus estrategias y argucias (al conjunto de movimientos inexplicables, confusos y hasta contraproducentes se convino en llamarlo flor, con un indisimulado afán de menosprecio; ya se sabe que al Madrid, al no traerlo de serie, el relato se lo escriben otros) a empezar a intuir los mecanismos racionales en que se basan sus planteamientos. En el Clásico, por ejemplo, la inclusión de Kovacic resultó arriesgada pero inteligible. El croata presionaba a Busquets cuando el Barça se hallaba en campo propio, para a continuación no despegarse de Messi en cuanto los blaugranas atravesaban la divisoria. Esta doble función le causó muchos problemas al Barcelona en la primera mitad, inhabilitándolo para una salida limpia y con el mejor jugador del mundo ahogado en tres cuartos, sin tocar la pelota. El plan no salió redondo porque el Madrid tiene una delantera roma, incapaz de crearle problemas verdaderamente serios a una defensa ni aunque por ella campee Vermaelen, y sin el último pase de Isco no hay forma de concretar el encaje de bolillos.

En la segunda mitad, Valverde hizo una lectura inteligente del panorama y movió sus piezas. Desplazó a Messi hasta la frontal del área, separándolo de Busquets, y Kovacic, pese a su fenomenal despliegue, se vio impotente para continuar con su doble encargo. Prefirió marcar al argentino, enviando a un desnortado Casemiro a tierra de nadie (el brasileño sufre si lo sacas de las cuatro reglas, posee menos lectura del juego que una mesa camilla) y dejando pasillos expeditos entre las separadísimas líneas blancas. Con el equipo partido, el Barcelona arrasó finiquitando el encuentro. Los cambios llegaron tarde y ahí también pudimos leer con claridad lo que pasaba por la mente de Zizou. Pánico a la goleada.

Tras el 0-2, el Madrid tuvo su arreón, mereció algún golito y que Ramos, quien demasiadas veces confunde la casta con la violencia, acabase en la caseta. Lo que vino fue el tercero, la celebración culé y el adiós a la liga.

Se dirá que es una buena noticia que Zidane se haya convertido en escrutable para el aficionado de a pie. Se dirá que se trata de una humanización de las excentricidades anteriores, tiros a priori en el pie que acababan asesinando al adversario mientras él sonreía en el banquillo, indiscernible si entre lo audaz o lo bobalicón. Se dirá que los cronistas ya podemos despiezar sus intenciones en el tapete. Se dirá, y con razón, que Zidane es uno más entre nosotros. Uno más sujeto a vendavales.

Se dirán gilipolleces.

Lo último que el Madrid requiere, y más en una temporada tan difícil como ésta, es gente como nosotros. Dubitativos, miedosos y contradictorios. El Madrid necesita héroes, énfasis, acometidas. Oráculos, aunque resulten inexplicables. Como una relación necesita, además de la benéfica estabilidad de lo cotidiano, su punto de, si no misterio, al menos idealización. No en vano ambos, el amor y el Madrid, constituyen los únicos mitos capaces de otorgarnos felicidad auténtica a los más escépticos.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Melancolía madridista

Un cielo gris y plomizo, bocanadas de aire espeso y turbio y un malestar tan emocional como físico que se torna insoportable para los que acabamos de descubrir la hipocondría. No, mi postal de la capital en las últimas fechas no insta a recitar a Quiñones de Benavente. Por el contrario, escarba en el lado malo de mi ciclotimia. Entre agitado y triste, paso al lado del Bernabéu. Con la luz marchita de esta mañana, la mole ha perdido parte de su imponente fortaleza, y adquiere un matiz oscuro, casi mustio.

El Madrid y yo no somos como esas mujeres que sincronizan su menstruación. He pasado grandes épocas en las que el equipo se arrastraba, incapaz de seguirme el ritmo (en esas fechas yo experimentaba por momentos una sensación de felicidad incompleta). Otras veces, hundido por diversas circunstancias, el Madrid suponía un alivio, una suerte de bálsamo ridículo y eficaz. Hoy miro al estadio en busca de consuelo y veo hercúleos esfuerzos para mantenerse a ocho puntos del líder y un esperpento en grado de tentativa frente al Fuenlabrada, en Copa. La coordinación de ánimos, esta vez sí, ha resultado precisa.

Echo un ojo al calendario. Mañana hay un Athletic-Real Madrid. Puede constituir la puntilla de esta temporada. Noto entonces cierta excitación, y recuerdo por qué me siento tan unido al club. El mayor de mis miedos, y el que más alimenta mi hipocondría, es el pánico a lo irreversible. A las opciones que se cierran en la vida, de manera imprevista y para siempre. Alguien lúcido contestará que esto supone el miedo a la vida misma, y no le faltará razón. El Madrid, por el contrario, es una eterna puerta de par en par. Despojado de la red del relato de la que gozan sus máximos rivales (da igual lo que les suceda porque siempre tienen premio de consolación literario), juega a tumba abierta cada encuentro. Borrón y cuenta nueva. La injusticia de que no cuente nada de lo que has conseguido supone a la vez el privilegio de una infinita nueva oportunidad. Un eterno retorno salvador. Se trata de transformar el inconformismo, paradójicamente, en zona de confort. Nada tienes, salvo una inagotable bola extra.

Cuántas veces necesitamos creer en ese ficticio oasis en el que cada nuevo amanecer es siempre una esperanza para el hombre. Por desgracia, la vida lo desmiente ofreciéndonos instantes traumáticos, puntos de inflexión a partir de los cuales no hay vuelta atrás. Por eso el Madrid es, algunas veces, más grande que la vida. 

jueves, 17 de agosto de 2017

Campeones de la Supercopa

Dicen los de la nueva política que el cine condiciona nuestra percepción de la realidad. Aceptando la premisa, tiene el Madrid de esta temporada un aura a película hollywoodiense de las que te dejan el alma satisfecha y la sonrisa de bobo. Si bien es cierto que ahora mismo el panorama resulta tan idílico que los espectadores más cínicos se levantarían de la butaca, hastiados de tanto azúcar.

Los efectos especiales los aportan los disparos de Asensio. El balón se eleva en delicada parábola surfeando miradas de incredulidad para precipitarse, de manera repentina, con inesperada violencia. Supone casi una agresión en términos legales. Zarandeado aún más en el juego que en el marcador, el Barcelona estuvo todo el primer tiempo a merced de los elementos, que a falta de Ronaldo hicieron menos mella de la esperada.

El partido tuvo dos capitanes generales, tan distintos que se dirían opuestos. Mateo Kovacic se doctoró en el marcaje individual a Messi, con un despliegue y una suficiencia casi perjudiciales de puro exceso. Airoso tras regatear contrarios en la frontal del área pequeña, aún tiene demasiado de funambulista para triunfar en posición tan delicada. Por otro lado, Karim Benzema se despojó de la abulia que lo caracteriza (¿hasta qué punto su pereza deriva de la falta de un entorno asociativo como el que ayer disfrutó?) y martilleó sin piedad los espacios que dejaba la improvisada defensa culé. Pareciera que el francés escoge sus actuaciones como ese estudiante que no tiene fuelle para aguantar una época de exámenes completa. Cabría esperar entonces un periodo de aprobados raspados tras el sobresaliente de anoche. Imposible no empatizar.

El Madrid redujo el ritmo y la agresividad en el segundo período, dándole aire al Barça y consolidándose como el protagonista magnánimo que renuncia a dar el golpe de gracia. Sin embargo, la posibilidad de maquillaje se estrelló en los postes. Zidane sacó a Theo y Ceballos para unos minutos de la basura que duraron horas, si no días, hasta la entrega del trofeo. Para redondear la postal, Cristiano fue ovacionado. La sanción de cinco partidos ha obrado el milagro, transmutándolo de díscolo a mártir.

Desconozco si la producción madridista romperá en drama en algún momento. Conociendo el patio, no habría que descartarlo. En cualquier caso, agosto nos está regalando una feliz comedia romántica que algunos, firmes defensores del género gente a la horda hipster, no tenemos prisa por terminar.


sábado, 3 de diciembre de 2016

J 14. Barcelona 1 - Real Madrid 1

"Tampoco es inescrutable el azar, también está regido por un orden"
Novalis


Llegaba el Madrid al Camp Nou como apenas acostumbra. En lugar de apurado por una marea de urgencias, con la tranquilidad de un notable botín de puntos de ventaja. Generalmente, en la encrucijada entre la posibilidad de la puntilla y el apertrechamiento, el equipo blanco tira por la calle de en medio, para desgracia de su afición. La indecisión culmina en un intento de atajo especulativo que suele terminar en decepción y ceño fruncido. 

Sin embargo, la primera parte resultó ejemplar. La colocación medida (¡ah!, esas líneas juntas), la templanza y brega por parte de Kovacic e Isco, Marcelo estirándose como un chicle, Vázquez más solícito que nunca, y, por encima de todos, la omnipresencia de Luka Modric. Robando balones por astucia y anticipación, distribuyendo con la mesura con que un padre de familia parte el pan, derrochando visión aguileña a pesar de que su aura sea ratonil. El Barcelona, por su parte, dejó pasar los minutos con más miedo que vergüenza, concentrado en anular la escasa profundidad merengue. Cristiano defraudó (no va con segundas) pese al voluntarismo, y Benzemá es un delantero que se especializado en jugar de espaldas. Al gol. 

Entre tanto, los penaltis salpicaban continuamente las áreas, como un bombardeo en Alepo. Hubo alguno más en el área local que en la visitante, pero para Clos Gómez la Justicia se representa con una venda en los ojos no por casualidad. Para entonces el naufragio de Busquets y Rakitic era una peor noticia que la decadencia marrullera de Mascherano, bastante más asumible por evidente durante meses. El descanso fue una bendición para el Barça, que parecía un salón vacío por donde Messi deambulaba.

La superioridad madridista continuó tras la reanudación, con la sensación desesperante de que los futbolistas no sabían qué hacer con ella. En ese instante llegó el gol de Suárez, el único culé que había demostrado rabia. Una absurda falta de Varane, que emborrona un poco su gran actuación, fue rematada por el charrúa (¿adelantado unos milímetros?) ante la cobardía de Navas para defender un terreno que le pertenece. Se descompuso un poco el Madrid, más aún con la salida de Iniesta al campo, una especie de Cid que reconforta a sus compañeros sin necesidad de estar muerto.

Zidane reaccionó como suele: sin que nadie entienda sus motivaciones. Al menos yo me declaro incapaz. Trató de resguardarse aferrado a Casemiro, mas al sustituir a Isco liberó a Busquets, y dejó a la nave madridista a merced de la tormenta. Las olas vinieron en forma de ocasiones clarísimas de Neymar y Messi; poco faltó para el hundimiento. Tras desmontar el andamio, Zizou introdujo sangre fresca con Asensio y Mariano, y la persecución de sombras, revitalizada, se prolongó hasta casi el final. Entonces, de manera inesperada, el Real dio el paso adelante al que no se había atrevido en el primer período, cuando podía. Fue algo irracional y tenaz, con el punto de patetismo del estudiante que pretende sacar el cuatrimestre en la última noche. En el descuento, un sutil centro de Modric halló la homérica cabeza de Sergio Ramos, cada día más busto y menos central. El Madrid obtuvo un resultado que había merecido, pues, pero de la forma más rocambolesca posible.  

Yo salí del bar rumiando que, después de todo, mi madridismo debe de tener más significado del que parece a primera vista. Los caminos del azar son inescrutables. 

jueves, 20 de octubre de 2016

Íñigo Errejón o la izquierda madridista

"El Atleti del Cholo me hace soñar. Es David contra Goliat.(...)
Sería bonita una final con dos equipos españoles y claro que quiero que el Real Madrid pase a la final. Zidane me encanta como entrenador y el Madrid es un equipazo. Tendría el corazón dividido,  pero si hay que elegir entre David y Goliat, voy con David."
Pablo Iglesias Turrión

La izquierda en España posee una serie de carencias y tics, en buena parte heredados de su posición históricamente marginal, que contribuyen a perpetuar su frustrante condición de outsider. Por encima de todos destacan dos lastres principales: su desdén elitista hacia los gustos de masas y el aprecio por la protesta antisistema como modus operandi habitual, en vez de como opción racionalmente coyuntural. Tales características impregnan su carácter, y suelen determinar sus estrategias y discursos a todos los niveles. Incluido, cómo no, el cultural. Saberse moralmente superior y ser antiestablishment da para lo que da en la práctica, pero otorga un relato precioso como premio de consolación. La tendencia de la izquierda al gueto autosatisfecho supone una evidencia, y las consecuencias a la vista han estado durante lustros. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, una corriente impugnatoria se abre paso en el seno de la izquierda española. Tratando de acomodar los principios a amplias mayorías, sin complejos ante la institucionalización. Implica una posición rupturista con el cómodo (e inane) refugio anterior, aunque aún queden resabios. A la nueva apuesta la contemplan 71 diputados en el Congreso, éxito sin precedentes en la joven democracia constitucional. Su responsable intelectual es un joven treintañero llamado Íñigo Errejón. Doctor en Ciencias Políticas, director de las sucesivas campañas electorales. Casualmente, madridista.

La izquierda y el Real Madrid tienen más en común de lo que se pueda pensar en principio. La ferocidad que despiertan entre los adversarios, por ejemplo. O que, pese a los esfuerzos de sus simpatizantes, la batalla del relato la tengan perdida frente a sendos tópicos. Esto último supone un problema para muchos, que valoran su identidad como el mayor de los tesoros. El corazón de los izquierdistas tradicionales tiende, decíamos, a la melancolía como guarida. Existe algo de masturbatorio en las loas que recibe el Atlético de Madrid, equipo con el que Iglesias dice sentirse más identificado. Un insano refocilo en la derrota. Qué manera de palmar. Hay belleza en la estética del perdedor, sin duda, pero Errejón y yo queremos ganar. La poesía no está reñida con el pragmatismo, se trata de un falso dilema, aunque si hay que elegir... Por supuesto, el marcador en política se interpreta con los datos. Veinte puntos de gasto social aumentó el PSOE de los ochenta, como las veinte copas de Europa que posee el Madrid entre ambas secciones.

No es una opción sencilla, no sólo por renunciar a la red de autocomplacencia lírica. Tanto la izquierda como el Madrid deben vencer con una amplia diferencia sobre el rival para legitimarse. En el Bernabéu, cualquier resultado menor de un 3-0 acarrea el inexorable análisis de cada jugada, y la sempiterna cantinela de que como el árbitro se equivocó en un saque de banda el triunfo debe ponerse bajo sospecha. Qué decir de las reacciones que se producen cuando a la izquierda le da por subir los impuestos o quitar un crucifijo del aula. La gestión ha de ser impoluta, incontestable, para acallar los gritos de los antis. 

Por último, las compañías. Ser del Madrid, como pertenecer a cualquier proyecto mayoritario, conlleva compartir elástica con una legión de personajes impresentables. Del mismo modo que constituirse como primera o segunda fuerza del Congreso no puede hacerse únicamente con los votos de los apologetas de las esencias (quienes, por otro lado, y para más inri, luego casi nunca votan). Álvaro Ojeda y Willy Toledo son un mal necesario. 

Es probable que sea una exageración atribuir exclusivamente al madridismo de Errejón la inyección vitamínica que sus tesis y estrategias ofrecieron a la izquierda española. Pero no está de más recordar a los amantes de las metáforas, ahora que los sectores más puristas (sentimentalmente puristas) afilan sus cuchillos, que la victoria que los rojos, durante tanto tiempo, soñaron inalcanzable, comenzó, por azares del destino, el 25 de mayo de 2014. Escasas horas después de que el Madrid alzara la Décima.