MIÉRCOLES
Cine en casa de M. Cada vez que veo Una historia del Bronx, aun con sus clichés y su aire naive, no puedo evitar sonreír en los mismos fragmentos. La unión paternofilial descrita en la historia me resulta un alegato emotivo de los rasgos más apreciables de aquello que se ha convenido en llamar masculinidad. La regañina de DeNiro a su hijo ("¡el obrero es el auténtico tipo duro, tu padre es el tipo duro!") es profundamente sentimental, patética en la etimología más precisa del adjetivo. La clase de discurso conmovedora a la hora de relatar las insuficiencias de una vida y despreciable a la hora de sustentar una ideología.
La película ilustra también, cómo no, las profundas miserias de la condición del varón, aunque de un modo distinto, menos posmoderno, que mi preferida en ese papel, Chasing Amy. El intervalo que va de James Brown (This is a men's world) a Ben Affleck. En cualquier caso, tiene su gracia comprobar en la semana previa a mi cumpleaños que, a sus veinticinco tacos, el film ha envejecido bastante mejor que yo.
DOMINGO
Termino La conjura contra América, de Phillip Roth. Ha merecido la pena todo el esfuerzo invertido en no saltarme las inacabables páginas describiendo la vida familiar judía y las reflexiones y miedos infantiles del crío protagonista, tediosamente creíbles. Roth realiza una presentación y un desarrollo de los personajes tan lento y monótono como necesario, y en el tramo final se desencadena la acción que rasga la tiniebla de horror cuidadosamente tejida. El encaje es perfecto, funcionando de manera magnífica, pues me deja un estupendo sabor frente a la amargada letanía de los dos tercios iniciales del libro. Si finalmente Murakami recibe el Nobel que se les negó entre otros a Roth y a Borges, el chiste se habrá contado solo.
JUEVES
Paso las primeras horas de mi cumpleaños en Urgencias, silbando canciones cubanas revolucionarias entre paciente y paciente.
No caeré otra vez en el vicio de las metáforas estúpidas. No caeré otra vez en el vicio de las metáforas estúpidas. No caeré otra vez en el vicio de las metáforas estúpidas. No caeré otra vez en el vicio de las metáforas estúpidas. No caeré...
VIERNES
Durante el viaje en coche a Granada siento que la fiesta que ayer me preparó P. (con la colaboración inestimable de C.) incide en mi idea de que tengo amigos que no merezco. Aunque, en palabras de Di Stefano, lo que no merezco también lo trinco.
Aprovechamos y charlamos sobre las lecturas que está haciendo. En un momento dado, P. cita a Henry Ford y a Adam Smith a cuenta de la cadena de montaje, y entonces recuerdo mi antiguo optimismo positivista en los avances del progreso, cuando me informaba (¡devoraba!) a menudo acerca de este tipo de historias. Desde que estoy en La Rioja he abandonado cualquier traza de contenido al respecto en los libros que me compro. Mi actual rutina médica a lo Andrés Hurtado jamás me hubiese permitido acompañar a Mark Stevenson en su viaje optimista por el futuro, como hice en el lejano 2012. Como si la ciudad de provincias te impregnase de una atmósfera que sirviera de perenne recordatorio de que te hallas lejos de donde ocurre lo grande de la vida. Si bien es cierto que esas inconcreciones grandiosas que te hacen sublimar el género humano no dejan de ser abstracciones a veces un tanto tramposas, de puro inconcretas. Logroño no cabe duda de que es más real. Sí. Como los gatillazos o el abono orgánico.
LUNES
C. me lanza una pulla por WhatsApp a cuenta de la supuestamente oculta motivación que esconden mis abundantes viajes a Granada. Me hace reír. C. se trata de la primera persona de Logroño que conoce la existencia de este dietario. Que ella no sea ni internista ni neumóloga, sino casual y justamente psiquiatra, constituye la enésima ironía que tapiza la broma con patas en que consiste mi vida aquí. Chanzas aparte, existe un peligro derivado de esta circunstancia: el narcisismo que inevitablemente salpica al que escribe de sí sabiendo que va a ser leído. Al fin y al cabo, decía Josep Pla que la vanidad del corazón es lo único que nos hace insoportable la soledad.
La amenaza del público tiene otro reverso desagradable. Ahora mismo escribiría un párrafo acerca de lo genial que me cae C., pero se me antoja imposible explicar lo estimable que encuentro su amistad sin que parezca que quiero arrancar el aplauso fácil a base de cumplidos. La vergüenza gripa los motores no especialmente repletos de la gasolina del talento.
MIÉRCOLES
Jabois vuelve a escribir un artículo de los que yo llamo paradójicos. Esos en los que por un lado mi identificación con él resulta plena y, al mismo tiempo, su maestría literaria me arroja a eones de distancia. Siempre tan cerca y tan lejos.
JUEVES
Paso la tarde conversando con M. y recibo por correo un regalo de A. Dos chicas excepcionales, a las que la cualidad que mejor las distingue es la bondad sin fisuras. En muchas ocasiones se evita adjudicar este adjetivo a alguien porque, en un mundo donde los cabrones y los cínicos tienen tan buena prensa, parece llevar aparejado una connotación de, si no simpleza, al menos ingenuidad. Ambas desmienten semejante prejuicio. En el caso de A., por cierto, poca gente se merece tanto la felicidad de la que creo que verdaderamente goza. Oír su risa (y espero que pronto la de su hija en algún audio) constituye uno de los mayores contrapesos que conozco frente a las infinitas injusticias de la tierra.
SÁBADO
¿De verdad estoy de nuevo de guardia?
DOMINGO
Arcadi vuelve a sacar otro conejo de la chistera en forma de excepcional texto sobre James Randi, el escéptico dedicado a desentrañar engaños y estafas anticientíficas que acabó cayendo en la mentira al Estado para proteger a su pareja sin papeles de una segura deportación del país. Se pregunta Arcadi, provocador como suele, hasta qué punto tiene mayor justificación un fraude por amor que un fraude por dinero.
Sobre los fraudes de amor, me percato de que aquí no escribo nunca de mi vida sentimental, más allá de reflexiones, inconcreciones y abstracciones, y lo único auténticamente concreto son referencias a mi pasado. En puridad, cualquiera que observe que evito hablar del tema de manera explícita podría concluir que no hay nada actual que llevarse a la boca. En lo tendente al amor es probable. Relativo al sexo, confieso que no tanto. Si caigo en la vulgaridad de efectuar esta aclaración impertinentemente íntima es porque, quizá de tanto leer a Arcadi, aun apreciando muchísimo la elegancia, soy incapaz de prescindir de la verdad. Justo como me pasa con el amor y con el sexo. De modo que el hipócrita lector (mon semblable, mon frère!) que desee identificar sus eróticas ausencias con mis silencios ha de saber, y ya lo siento, honestamente lo que hay. A veces la coherencia es un inoportuno torpedo contra el desgarro de lo poético. Pero yo, ni soy poeta, ni soy James Randi.
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